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Edición del DOMINGO 13 de Julio del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Puebla, una experiencia Única
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Al fondo, torre de la iglesia de La Compañía.
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Viajemos: Turismo y aventura

Texto y Fotos: Juan Narro Prieto

Como toda la región centro de México, Puebla es también un destino donde el estilo de cada edificio y la conservación de aquellos levantados hace cientos de años son un atractivo.

Una de las sensaciones que el viajero no debe perder es la capacidad de asombro y sorpresa, por muchos lugares que conozca. Puedo asegurar que Puebla no deja indiferente a quien la conoce. Es culta, histórica, universitaria, rica en anécdotas, colorida, cinematográfica, religiosa y tremendamente alegre.

La ciudad, a caballo entre México D.F. y el gran puerto de Veracruz, fue fundada por los españoles como lugar intermedio y de descanso entre estos dos grandes polos humanos de la época colonial. Su importancia fue tal que llegó incluso a pensarse en ella como la capital de la Nueva España.

Fundada en 1531, ha sufrido numerosos avatares a lo largo de los siglos. Por ejemplo,  en 1862 las tropas mexicanas al mando del joven general Zaragoza derrotaron al ejército francés o, más recientemente, en 1937, sufrió cuantiosos daños debido a un temblor de tierra que destruyó parte de la ciudad.

Puebla ha conocido ilustres personajes que han significado mucho en su historia. Quisiera recordar, especialmente, a dos de ellos. Por un lado, el general Ignacio Zaragoza (quien, tras vencer a las tropas francesas, superiores en número y equipamiento, mandó un mensaje, ya famoso en todo el país, al presidente de México, Benito Juárez, que decía: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Las tropas francesas se portaron con valor en el combate y su jefe con torpeza”).

Por otro lado, con siglos de antelación, el obispo español Juan de Palafox y Mendoza, quien además de sus denodados esfuerzos por terminar la catedral llegó a ser durante unos meses virrey.

Sensaciones
Lo cierto es que de Puebla puedo, sobre todo, narrar mis sensaciones e impresiones y estas que son de diversa índole se catalogarían en tres grupos: gastronómica, humana y arquitectónica.

Mi experiencia gastronómica, con independencia de la variedad y diversidad culinaria mexicana por todos conocida, se refiere especialmente al “mole poblano”. Probar esta salsa es hablar de cocina en mayúsculas. Su elaboración es una muestra de ese sincretismo entre las civilizaciones precolombinas y la hispánica.

Además, hay que decir que este mole combina  perfectamente con multitud de platos: carnes, tortillas de maíz. Es, desde luego, un orgullo para sus habitantes. Tan es así que se realizan festivales donde se examinan y puntúan estas afamadas salsas, naturalmente picantes, atendiendo a su espesor, color, picor, textura, etcétera. Lo cierto es que su popularidad traspasa no solo las fronteras de esta urbe sino, desde luego, de todo México.

Su gente
Desde el punto de vista humano, conocí una capital vibrante, tremendamente alegre, vital, con una buena vida cultural y una clara visión de futuro. Junto a esa ciudad histórica –de iglesias y palacios, de plazas y conventos, de venturas y desventuras a lo largo de los siglos– nace una nueva Puebla con centros comerciales, salas de exposiciones, teatros, palacios de convenciones o modernos hoteles erigidos sobre viejos edificios que mantienen su peculiar toque arquitectónico.

Pongámonos a pasear por el zócalo y alrededores; un bullicio de gente, restaurantes, tiendas, vendedores ambulantes, escolares, etcétera, se agolpan entre estas céntricas calles donde se aprecia perfectamente la vida de la ciudad. En Puebla se halla la mayor concentración de alemanes del país, debido a que aquí están las instalaciones de la fábrica Volkswagen, la mayor empresa de la ciudad.

Arquitectura
Lo más difícil, en cualquier relato sobre un destino, es tener capacidad de resumen y síntesis. Por muchas habilidades que se tengan, es complicado extractar en pocas palabras las maravillas de Puebla. Aunque mencionara su Catedral (mezcla de estilos renacentista y barroco), el Palacio Municipal (en pleno zócalo), el Mercado de El Parían, el barrio del artista (donde se exponen y compran obras de diferentes autores), la calle de los dulces, la casa de los muñecos (cuya fachada de color rojo está adornada con figuras de danzantes), la biblioteca Palafoxiana (con más de 50.000 volúmenes), sus museos, los fuertes de Loreto y Guadalupe (donde un 5 de mayo de 1862 se libró una de las más importantes batallas en la historia de México), me quedarían muchas cosas por relatar.

Sin embargo, conocedor de la magnificencia de los palacios, iglesias, casas y calles, en mi recuerdo quedará por mucho tiempo la imagen del interior de la capilla del Rosario en la iglesia de Santo Domingo. No hay palabras para describir lo que ante nuestros ojos se presenta. No pase por la ciudad de Puebla sin haber estado en esta capilla.

Se deleitarán probando el mole poblano o tomando una cerveza en cualquier terraza del zócalo; si prefieren, se quedarán atónitos si entran a la catedral (la segunda en tamaño del país) y aprecien esa peculiar mixtura que es Puebla, una urbe estratégicamente situada y a solo una hora de México D.F.

Me viene como curiosidad a la memoria en estos momentos la estampa de unos niños comiendo unos camotes (dulce típico poblano) en la Central, una de las pastelerías más famosas de la ciudad donde seguramente entrará para degustar alguna de estas delicias.

Los poblanos repiten mucho “Qué chula es Puebla”, una expresión que se corea orgullosa y con razón, por sus habitantes. Atrévase a conocerla y descubrirá cuánta verdad hay en esta frase.


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