“Mi marido es como otro hijo”, afirman muchas mamás cuando reclaman la falta de respaldo de sus esposos en lo que a la disciplina de los hijos se refiere. Y me atrevo a asegurar que uno de los motivos de mayores conflictos entre los padres de familia son sus discrepancias respecto a lo que le deben permitir y prohibir a los hijos.
A mi juicio, el problema no es el resultado de una diferencia de criterios ni tampoco que hoy los hombres sean muy laxos y las mujeres muy controladoras, como se acusan mutuamente.
Para mí una de las principales razones de este conflicto está, tanto en las motivaciones personales de cada uno de los padres a la hora de disciplinar a sus hijos, como en la lucha de poderes a que estas dan lugar.
Por una parte, como los hombres están en el proceso de tratar de ser unos papás más cercanos a su prole de lo que fueron sus propios padres, sus esfuerzos se centran en lograr una mayor camaradería con los niños. Por ello, hacen lo posible por complacerlos en todo, trivializan sus malas conductas y no respaldan las órdenes de la mamá, con tal de afianzar su amistad.
Así como los hombres están reinventando la forma de ser papás, porque el modelo que tuvieron ya no les sirve, las mujeres también estamos aprendiendo a compartir nuestras funciones de crianza, con un padre que se involucra cada vez en un campo, del que por mucho tiempo tuvimos el dominio total.
Y debido a que el principio de sentirnos indispensables para los hijos rige nuestras vidas como mamás, consideramos que el ámbito del hogar es nuestro territorio y que somos las únicas que sabemos criarlos como es debido, por lo que estamos optando por incorporar al papá, pero como si fuera otro hijo, es decir, reprendiéndolo para que “nos ayude”.
Lo grave es que con este sistema evitamos que los papás asuman la postura y potestad que les corresponde como tales. Y como ellos sienten que no tienen el mismo poder de mando en el ámbito familiar que tenemos las mamás, quieren hacer valer su autoridad aliándose con los hijos y respaldándolos en contra de nuestras disposiciones.
Lo peor es que esto da lugar a interminables disgustos entre los padres, en los que cada uno trata de imponer su parecer. Aunque aparentemente los hijos ganan, porque obtienen todo lo que quieren, en realidad todos perdemos porque finalmente los niños quedan desconcertados y los padres quedamos heridos, lo que se traduce en un conflicto casi constante, que socava la seguridad de los hijos, empobrece nuestras relaciones familiares y acaba con la paz del hogar.