En su primera edición, este nuevo concurso (se creó en el 2007) galardonó a un autor joven: el argentino Pablo De Santis, por la novela detectivesca El enigma de París. En su segunda edición, el certamen optó por premiar a un narrador consagrado.
Ex diplomático, Premio Cervantes de Literatura, catedrático invitado de universidades de Estados Unidos y Europa, Edwards, que suma una larga trayectoria, se presentó al premio con el manuscrito La ciudad del pingüino, bajo el seudónimo de Juan el Indiano. Y logró con este texto fascinar de manera casi unánime al jurado, integrado, entre otras personalidades, por las escritoras latinoamericanas Gioconda Belli y Marcela Serrano. Como recompensa, el autor recibió $ 200 mil. Recientemente, la novela, editada con el título La casa de Dostoievsky, comenzó a circular en España y Latinoamérica.
Esta pieza es un homenaje a la poesía, a la libertad, a la amistad y a los sueños. Parece un lugar común decirlo de esa forma, pero no podría calificarse de otra manera. Es un libro en el que se hace referencia a Rimbaud, a Baudelaire, a Neruda, a Huidobro y a tantos otros nombres clave de la literatura universal. Se habla de poesía, de filosofía, de política, del Santiago de mediados del siglo XX, del Chile de Pinochet, y sin embargo es un texto que no peca ni de difícil ni de demasiado erudito, ni de demasiado local.
Es un volumen de lectura amena, con una rica narrativa y capaz de interesar a los más diversos públicos. Parecería que esa es la fórmula que privilegian los premios en la actualidad. Porque un libro galardonado debe llegar a una gran cantidad de lectores y tiene que seducir. Edwards logra un perfecto equilibrio entre su narrativa y lo que podría gustarle al marketing librero. Este es un demérito o un mérito, según el punto de vista con que se quiera abordar ese hecho.
El libro, según ha confesado el autor, tiene ciertos tintes autobiográficos. Ha incorporado en él lugares, situaciones que él conoció y las adereza con su ficción. Ha dicho, por ejemplo, que La casa de Dostoievsky existió realmente. Era una vieja edificación en la que vivían, en Santiago de Chile, los aspirantes a poetas, a artistas. Y a su personaje, El Poeta, él lo instala en ese ambiente.
La novela arranca en la juventud de El Poeta, cuando recién abandona la casa paterna y decide vivir de la poesía. Narra los escenarios, los amigos (el Chico Adriazola, Eduardito Villaseca), las borracheras, la creación. Da cuenta de su iniciación en las letras y de la formación de su pensamiento. Luego aparecen otros elementos, como el amor (El Poeta vive un intenso, tortuoso pero duradero romance con una mujer casada), que en esta novela tiene un fuerte componente, la política y los cambios que va experimentando la sociedad. Reconstruye toda una época.
La trama se desarrolla en Santiago, en el inicio. Luego en París, en La Habana y, al final, nuevamente en Santiago. Retrata a El Poeta en su itinerario vital. Es una novela que da cuenta, a través de una vida, de la vida de toda una generación. Es una pieza evocadora. Nostálgica. Emotiva. El Poeta, ni tan grande ni tan glorioso, se va engrandeciendo, sin embargo, ante los ojos del lector. Y una no hace sino también, como uno más de los personajes, llorar su ausencia. Despedirlo. Y cerrar el libro en silencio. Y pensar que, a sus 77 años, camino a octogenario, Jorge Edwards ha logrado quizá, con este volumen, conquistar a un público más amplio, e interesarlo, a la vez, en todo el conjunto de su sólida y vasta producción.