El cirujano desvió mi sangre por una máquina, abrió el tórax, serruchó las costillas, partió el corazón, cambió una válvula, se metió en lío, pues el motor no quiso arrancar cuando reconectaron sus mangueras. Estuve diez horas en el quirófano, tres semanas en terapia intensiva. Se supone que todo estaba bien. Sucedió en el 2004. Pero estamos hablando de un órgano muscular, una víscera, la que, según el caso, puede evocar un eterno amor o el sabor de los anticuchos.
Es caprichoso el bandido. Puede aumentar la frecuencia de sus latidos cuando se acerca un ser amado, aumenta el ritmo de nuestros pasos o porque un miedo súbito nos causa sobresaltos. Nos traiciona en complicidad con las pupilas que se dilatan, se contraen según el grado de atracción o rechazo, las manos que de repente se vuelven húmedas cuando no se desquicia todo el sistema hidráulico como sucede a la hora del aparejamiento o de la simple seducción. Olvidamos que somos un setenta y cinco por ciento de agua que la luna puede afectar asimismo como atrae al mar. Anoto que mi corazón ha tenido como ciento ochenta millones de latidos hasta la fecha.
Decidí por eso aprovechar los últimos adelantos de lo que llaman tecnología de punta para refaccionarlo. Instalé firewalls para securizar mis redes frente a entradas no autorizadas, un sistema antivirus susceptible de evitar toda contaminación. Los mensajes rechazados se van directamente a la bandeja de eliminados; de ahí se pierden en la corriente sanguínea. El llamado hacker no es un pirata. Aprendí a mis expensas que entre las mujeres existen unas crackers en potencia. El término cracker se refiere a toda persona que con intenciones de intrusión o destrucción penetra en un sistema donde hace de las suyas. Una vez instalada puede aniquilar la memoria, lo que explica por qué perdemos el celular, las llaves del auto, olvidamos nuestro número de cédula o de teléfono. Si bien es cierto que no poseemos disco duro, podemos en un dos por tres perder del todo la chaveta, llegar a decir Feliz Navidad en vez de sentido pésame en el más formal de los velatorios, salir a la calle con zapatos de color diferente.
Las crackers tienen un poder prácticamente ilimitado. Su influencia en el comportamiento corporal es asombrosa, manipula las glándulas sudoríparas, orienta la circulación sanguínea hacia determinadas partes de nuestra anatomía lo que provoca turgencias cuyas consecuencias quedan imprevisibles. Mi sección Hotmail tiene a su cargo el correo particularmente ardiente que puede irrumpir en momentos de exaltación amorosa. No entiendo por qué, teniendo bajo control cibernético toda mi afectividad, se cuela sin preaviso una tristeza inconsolable, se infiltra el deseo inconfesable, se trasvena la nostalgia, se esparce la melancolía.
Quisiera tener en mi corazón manómetros que me indiquen cuánto tiempo de vida me queda, cuál es mi reserva de energía, el balance de mis cuentas a favor o en contra, un indicador de fallas, mis eventuales sobregiros en egoísmo, un detector de mentiras. A lo mejor, con lo que llaman ahora “full equipo” podría intentar convertirme en un mejor ser humano.