Por muchos años lo tuvimos claro: quienes atentaron contra la libertad de expresión fueron los dueños de esos canales de televisión. Ellos los usaron como un arma para defender sus intereses y protegerse de las acusaciones que se les hacía sobre las triquiñuelas en la administración de Filanbanco.
Ellos hicieron de sus medios un bastión desde cuya altura atacaban feroz, malévolamente, a todo aquel que osaba desenmascararlos como los culpables del más grande atraco bancario en la historia del país, del cual ellos pretendían salir impunes.
¡Pobre de aquel que se atrevía a desenmarañar sus trapacerías! ¡Pobre de aquel!: con el truculento anuncio de un flash informativo, aparecía su fotografía en la pantalla mientras una voz en off se encargaba de lanzar las calumnias más viles, los denuestos más aviesos contra su honor.
Y, luego, venía el chantaje: o silencias tus denuncias o continuamos en nuestra campaña, que no cejará hasta que muerdas el polvo de la humillación y el escarnio.
Muchos callaron porque, aunque sabían que debían proclamar la verdad, no tenían las mismas armas para defenderse de los ataques, y quedaban ahí, en la estacada, con su honra mancillada a base de mentiras, inventos y falacias.
Y así, usando el poder de sus canales de televisión, con el pretexto de informar, lanzaban proclamas, manifiestos en que hablaban sobre sus ejecutorias y sus servicios al país: de nada eran culpables y por eso podían seguir paseando su impunidad, mientras atesoraban cada vez un mayor poder y engordaban sus faltriqueras con empresas domiciliadas dentro y fuera del país, al tiempo que ellos exhibían su total impunidad con pomposo desdén allá donde el guante de esa justicia, tan lenta como corrupta, no les alcanzaba.
Todos contemplábamos, con una mezcla de estupor y rabia, la manera en que los principios más elementales de la información se pisoteaban y esta se manipulaba al vaivén de la voluntad de quienes entendían a la prensa como un instrumento que, a base del miedo y la amenaza, obliga a los demás a hacer silencio, bajar la cabeza y aceptar lo falso como cierto.
Muchos callaron, unos por temor, otros por complicidad. Entre ellos, jueces, autoridades de control, políticos. Pero otros continuaron diciendo su palabra altiva, aunque por ello tuvieran que pagar el costo de contemplar su figura sumergida en el estiércol de la maledicencia.
¿Era eso libertad de expresión? ¿O era eso, simplemente, una manera desembozada de ejercer la corrupción?
Hasta que ahora esos canales que pertenecieron a esos banqueros que saquearon las arcas del Estado y los dineros de los depositantes han pasado a otras manos, lo cual, para cierta prensa, significa una liberación: se han roto esas cadenas que la tenían aherrojada y la convertían en servil.
La pregunta es: ¿y ahora qué? Ojalá que los Isaías no resulten reemplazados por el Gobierno, y su palabra, a través de esos canales, comience a proyectarse para proclamar su única verdad, enlodar a sus adversarios, loar las ejecutorias de su supremo líder y tratar de convencernos de que ahora sí la verdad ya es de todos y que, si no la quieren escuchar, le den el vuelto…