Domingo 13 de julio del 2008 El Gran Guayaquil

El Guayaquil nocturno que describen las crónicas de Medardo Ángel Silva

POR JORGE MARTILLO MONSERRATE

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En el parque San Agustín hay un monumento en memoria de Medardo Ángel Silva.

El poeta, que por amor llegó al suicidio, también fue cronista y escribió sobre diversos rostros del Guayaquil de su tiempo, de calles bohemias y vidas marginadas. Describió con realismo a las prostitutas de la calle Machala.

Hemos leído sus poemas. Pero es necesario conocer a Medardo Ángel Silva como cronista. Sobre todo de la noche guayaquileña, que describe en crónicas que publicó entre 1917 y 1919 en las revistas Ilustración, Patria y diario  El Telégrafo.

Al igual que periodistas y escritores de entonces, Silva firmaba sus crónicas con seudónimo. El de él era Jean d’Agreve, nombre perteneciente al de una novela del Vizconde de Vogue (Niza, 1848-París, 1910), escritor que logró fama con esa obra, publicada en 1898.

Pero Jean d’Agreve más parece ser el álter ego de Silva; al describirlo parece referirse a sí mismo: “El sombrero hundido, la melena revuelta, las manos en los bolsillos, como un poeta que sale a cazar versos con trampa, Jean d’Agreve recorre su ciudad nativa, que duerme en la madrugada...”.

En las crónicas La ciudad nocturna -diario El Telégrafo, abril de 1919- retrata al Guayaquil bohemio y marginal. Es cuando Silva confiesa que su vida recién comienza a medianoche: “Horas del prostíbulo y del garito colmado de carne lacerada y almas feas; horas del puñal asesino y la serenata...”.

Casas sucias y estrechas, escenario de La tristeza del burdel, donde describe con realismo a las prostitutas de la calle Machala: “Esas hembras ignorantes, de mejillas chupadas en que el colorete pone la ironía de una rosa en los pómulos de una calavera: y sus cuerpos flácidos que magulló el vicio; y los cabellos apelmazados por las grasas olorosas; y los vestidos de colores chillones y elegancia cursi, provocativas y canallas, exhalando un tufo a olores baratos...”.
 Hoy –89 años después– pervive ese ambiente callejero de mujeres de sexo tarifado bajo portales de las casas de citas.

 Silva también describe escenarios donde se afincaba el vicio en Fumadero de opio. Esos antros estaban ubicados en Escobedo, la calle maldita de esa época: “Sobre las esteras, poco a poco se van percibiendo los cuerpos tendidos. Hay hasta nueve fumadores. El olor del veneno satura la pieza”.

 Fernando Checa Montúfar, autor de El Extra: las marcas de la infamia. Aproximaciones de la prensa sensacionalista, opina que en estas crónicas de Medardo Ángel Silva aparece “ese lado grotesco y abyecto de la ciudad, el lado del vicio y de las bajas pasiones”.

Obviamente en otras  resalta la cara más visible de Guayaquil y su gente: el heladero ambulante, el parque Bolívar –Seminario–, donde añora a su primera novia, la que le escribía cartas de amor copiabas de El secretario de los amantes. Silva, casi todas las noches, frecuentaba el parque. Se reunía con un grupo de bohemios, según Raúl Chávez González en Diario EL UNIVERSO del 6 de noviembre de 1950.

Medardo Ángel Silva Rodas nació el 8 de junio de 1898. Es imposible olvidar al poeta que se enamoró de Rosa Amada Villegas, de 14 años, que vivía en El Morro 704 entre Bolívar y Quisquís (Rumichaca  entre V.M. Rendón y Quisquís).

Pero Silva tuvo otro amor: Ángela Carrión Vallejo, muchacha a quien  su madre, Mariana Rodas, acogió  a pedido de unas monjas. Viviendo bajo el mismo techo –en 1919– nació María Mercedes Silva Carrión, única hija del vate, quien murió el 9 de agosto de 1981.

La trágica muerte del poeta, en cambio, ocurrió el 10 de junio de 1919, dos días después de cumplir 21 años. Ese día fatal, por la tarde, vistió traje negro, zapatos de charol, bastón, corbata de seda negra y fue a casa de su Rosa Amada Villegas. Allí se suicidó  de un disparo en la cabeza.

En el parque San Agustín, cerca al sitio de su muerte, está el monumento en su memoria. En el Cementerio General –ingresando por la puerta dos–, Silva duerme en su tumba que luce olvidada, acompañado de restos mortales de su madre.

Nadie olvida  El alma en los labios, que según la leyenda escribió a pocos días de suicidarse, a mano y con tinta roja. Los versos que dedicó a Rosa Amada Villegas son cantados como pasillo: “Cuando de nuestro amor, la llama apasionada, /dentro tu pecho amante, contemples ya extinguida; / ya que solo por ti la vida me es amada, / el día en que me faltes, me arrancaré la vida”.

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