- JUL. 13, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
Una de las fiestas tradicionales que se celebraba anualmente en la ciudad era la de San Pedro Apóstol los días 29 y 30 de junio, en los terrenos de lo que antes fue la hacienda La Atarazana y que hoy ocupa la ciudadela de igual nombre.
Había una sabana y un salitral donde se levantaba el caserío de los habitantes llamados Cholos de San Pedro que, entre otras actividades, se dedicaban a elaborar carbón.
La gente llegaba a pie atravesando algunos pequeños ramales del estero Salado, que se secaban cuando bajaba la marea. También los grupos iban a pie cruzando la sabana y el único edificio que existía en el sector era el del hospital psiquiátrico Lorenzo Ponce. Un solo carro urbano conducido por un hombre de tez morena de apellido Gamboa, transportaba al personal médico y a las monjitas hasta aquel local.
Entre los principales atractivos de aquella fiesta constaba la comida típica que los moradores preparaban con especial maestría culinaria: bollo de pescado, carne en palito, muchines, tortillas de maíz y verde, aguado de gallina, lisa ahumada, chicha de jora, come y bebe (especie de ensalada de frutas) y las bebidas gaseosas, que eran una novedad en ese tiempo.
La música la ponían las bandas de pueblo y los conjuntos musicales, como el que dirigía un músico de apodo Chucula. Eran dos días y dos noches de mucho baile y diversión para la gente de todo el pueblo; por eso gozaron de mucha popularidad hasta la década del cincuenta del siglo pasado. Cuando el sector cambió y fue urbanizado los cholitos se trasladaron a los predios de la actual ciudadela Ferroviaria, a orillas del estero Salado.
Esto último trajo la decadencia del colorido y tradicional festejo, mezcla de lo popular y religioso, como en otros pueblos de nuestro litoral.
Aquel caserío rodeado de algarrobos, almendros y matorrales ha quedado en la memoria de muchos guayaquileños como parte de los recuerdos de antaño.