Con frecuencia, los premios y concursos han jugado un papel en los avances científicos. A diferencia de los enormes proyectos de investigación gubernamentales, pueden atraer a talentosos disidentes que de otra manera serían rechazados.
Un caso es el premio en efectivo ofrecido por Gran Bretaña, en 1714, por determinar la longitud de un barco en alta mar. El ganador, después de medio siglo, fue un relojero, John Harrison, que inventó un cronómetro sumamente preciso.
De igual manera, el mes pasado, el virtual nominado presidencial republicano, John McCain, dijo que quería romper la dependencia petrolera de Estados Unidos al alentar “esfuerzos heroicos en ingeniería”. Exhortó al Gobierno a ofrecer un premio –300 millones de dólares (uno por estadounidense) al inventor de una batería tan compacta, poderosa y barata que complementaría o incluso reemplazaría la necesidad de combustibles fósiles.
Barack Obama, su oponente demócrata, rápidamente descalificó la propuesta –que involucra una suma equivalente a casi 200 Premios Nobel– al decir que era un gancho y distracción. Sin embargo, el debate plantea interrogantes más profundas, como cuál es la mejor manera de financiar y dirigir la investigación sin sofocar el espíritu de la invención.
Aun cuando las imágenes recibidas recientemente desde Marte son impresionantes, los problemas de la NASA afectan sus éxitos. Lo más emocionante en un vuelo espacial tripulado ocurrió en 2004, cuando Burt Rutan ganó el Premio Ansari X, de 10 millones de dólares, por la primera excursión suborbital respaldada por fondos privados.
Ganar el concurso, bautizado en honor de sus benefactores, la familia Ansari, y administrado por la Fundación Premio X, organización sin fines de lucro, costó más de lo que valía el premio. (Rutan fue respaldado por Paul Allen, multimillonario de Microsoft).
La Fundación Premio X tomó como modelo al Premio Orteig de 1919 –25.000 dólares por el primer vuelo sin escalas entre Nueva York y París, ofrecido por un hotelero que se imaginó que sería bueno para el negocio. La bolsa fue reclamada 8 años después por Charles Lindbergh y la publicidad ayudó a la aviación estadounidense.
El nieto de Lindbergh es miembro del consejo de la fundación, que ofrece otros premios, entre ellos el Premio Google Lunar X para el ganador de una carrera no tripulada a la Luna; el Premio Robert A. y Virginia Heinlein, dotado por la familia del escritor de ciencia ficción, “por logros prácticos en las actividades espaciales comerciales”; y el Premio Archon X Genómica para el desarrollador de una manera más rápida y barata de secuenciar el ADN.
Ninguna de esas metas está más allá del alcance del establishment gubernamental de investigación.
Sin embargo, con propuestas formales, evaluación de colegas y supervisión del Congreso, es difícil que los administradores se abalancen sobre una nueva idea.
De ahí el encanto de los premios. Si la tendencia tiene éxito, podría haber tantos concursos que pierdan su atractivo. Sin embargo, la ciencia no estará en peligro.