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Las cuevas de Buda, un tesoro del pasado de China, en peligro

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El arte rupestre de Dunhuang se ve amenazado por la naturaleza y el aumento del turismo. Una ilustración del siglo VI, en dos niveles, de una caravana en un oasis. Abajo, en una escena de la era High Tang del siglo VIII, apsaras volando.
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Julio 13, 2008

DUNHUANG, China

En esta región del extremo occidental de China, la arena es implacable. Sopla, se mueve y se come todo; borra los límites, erosiona las tumbas y desespera a los agricultores.

Ése es uno de los muchos factores que amenazan la principal atracción turística de la ciudad oasis: los cientos de grutas budistas de roca tallada que salpican la cara de un acantilado a las afueras de la ciudad. Conocidas con el nombre de Mogaoku (cuevas sin igual) y llenas de frescos paradisíacos y esculturas de arcilla moldeadas a mano de dioses y santos, carecen de parangón, tanto en tamaño como en amplitud histórica, en el mundo budista chino.

Y Mogaoku está en peligro. El emplazamiento, abierto a los visitantes en los últimos años, se ha inundado de turistas. Ahora las cuevas padecen de altos niveles de dióxido de carbono y humedad, lo que mina los trabajos de conservación.

Se planea reestructurar la manera de experimentar Dunhuang en su conjunto. La tecnología digital proporcionará a los visitantes una especie de inmersión total con las cuevas, pero tendrá lugar a 24 kilómetros del emplazamiento. El acceso a la preservación es muy delicado y no queda confinado a Mogaoku. Se puede aplicar a muchos monumentos frágiles.

¿A qué estamos dispuestos a renunciar para mantener lo que tenemos? Si usted es budista, sabe que el mundo material es un fantasma o un sueño, “una lámpara resplandeciente”, como lo expresa Buda en Sutra del diamante.

Como forma parte de ese mundo, Mogaoku también es un fantasma, pero es uno que siempre había querido ver. Y por fin lo vi. Con el permiso de la Academia de Dunhuang, organismo chino de conservación e investigación que supervisa las cuevas, dormí en las dependencias del emplazamiento. Situado entre Mongolia y el Tíbet, era un cruce cosmopolita y vital de la ruta de la seda. Fue ahí donde se empezó a extender el budismo por China, proveniente de India y Asia Central, y dejó un rastro de arte espectacular.

La primera cueva de Mogaoku la talló, en el 366 dC, un monje llamado Yuezun. Hizo un agujero en la pared de arenisca y se mudó. Las primeras cuevas se utilizaban como refugio y para la meditación, y a veces para entierros. Luego se excavaron grandes templos y salas de lectura monástica.

De unas 800 cuevas que se crearon entre los siglos V y XIV, prácticamente la mitad cuenta con algún tipo de decoración. Pero, evidentemente, una gran parte no ha sobrevivido. En el siglo XI, las fortunas de Dunhuang estaban en decadencia. Los monjes, entre los que probablemente reinaba el pánico por los rumores de una invasión islámica, apilaron miles de manuscritos en una pequeña cueva y la sellaron.

La naturaleza puso manos a la obra. La arena de las dunas se introdujo en las grutas. Las fachadas de roca cedieron y los interiores quedaron expuestos. Cuando al final apareció la gente, el peligro no hizo sino aumentar.

En los últimos años del siglo XIX, un sacerdote taoísta nómada llamado Wang Yuanlu se instaló y comenzó un ruinoso programa de “conservación”, con el que descubrió la biblioteca tapiada con sus preciados manuscritos. No lo sabía, pero había realizado uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la época moderna. Otros no tardaron en saberlo.

En 1907 llegó el explorador británico Aurel Stein. Por una miseria le compró unos 5.000 manuscritos de seda y papel a Wang y los mandó a Inglaterra. De todos sus libros, el premio era una copia en plancha de madera del siglo IX de Sutra del diamante o “sutra de la perfección de la sabiduría del diamante que corta la ilusión”. Este maravilloso pergamino es el primer ejemplo fechado conocido de un libro impreso, seis siglos anterior a la Biblia de Gutenberg.

En los años 20, el aventurero historiador del arte estadounidense Langdon Warner rebanó 26 murales de las paredes de las cuevas Mogaoku y se los entregó a la Universidad de Harvard junto con una escultura hurtada. “La única reacción es que te deja boquiabierto”. Así relataba Warner su primer vistazo a las cuevas. Sigue siendo una reacción natural. Fue la que tuve yo cuando visité 12 cuevas en un día.

Al principio está la oscuridad, intensificada por el sol abrasador del desierto. Cuando tus ojos se acostumbran a la penumbra, ves que otros ojos te están observando: los de un Buda de dimensiones enormes de la dinastía Wei del norte que se remonta al siglo V.

La Academia construirá para 2011 un nuevo centro de visitantes a varios kilómetros de las cuevas. Todos los viajeros tendrán que pasar primero por dicho centro, donde realizarán visitas digitales de los interiores. Luego podrán ver el interior de una o dos cuevas antes de volver al punto de partida.


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