Eran tiempos de secreto y de miedo; miedo a un enemigo extraño que animaba una ideología foránea, que mataba a los estadounidenses en el exterior y los amenazaba en el país, que creó un nuevo tipo de terror.
A principios de los 50, se daba muerte y se capturaba a miles de efectivos estadounidenses en Corea. Se decía que los comunistas chinos habían aprendido a penetrar y controlar la mente de los prisioneros de guerra estadounidenses.
La técnica se llamaba “lavado de cerebro”, y de pronto es útil recordar en qué consistía ese lavado de cerebro, porque ahora, después de un artículo que publicó The New York Times la semana pasada, sabemos que en una nueva era de nerviosismo, los interrogadores estadounidenses se basaron en el tratamiento que China daba a los prisioneros de guerra para tratar, a su vez, a los prisioneros propios de la guerra contra el terrorismo.
El concepto de lavado de cerebro fue una creación de Edward Hunter, un periodista nacido en 1902 que había cubierto el ascenso del fascismo en Europa antes de incorporarse a la Oficina de Servicios Estratégicos, la precursora de la Agencia Central de Inteligencia, durante la Segunda Guerra Mundial. La guerra de Corea estaba en sus comienzos en 1950, cuando el Miami News publicó su artículo, “La técnica del lavado de cerebro obliga a los chinos a sumarse al Partido Comunista”.
Determinaba que “los rojos cuentan con especialistas en lavado de cerebro”, expertos en el uso de “drogas e hipnosis”, como dijo luego ante la Comisión de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes”. Su objetivo era conquistar Estados Unidos.
“Estados Unidos es el principal campo de batalla”, afirmó. También advirtió que el lavado de cerebro convertiría a los estadounidenses en “súbditos de un nuevo orden mundial para beneficio de un grupo de déspotas dementes del Kremlin”.
La idea de que un estado totalitario pudiera controlar a la gente como si se tratara de perros de Pavlov había surgido en las novelas de los 40, sobre todo Oscuridad a mediodía, de Arthur Koestler, y 1984, de George Orwell. Hizo falta la China de Mao –y las “confesiones” forzosas de algunos prisioneros de guerra estadounidenses durante el conflicto de Corea– para que el lavado de cerebro se convirtiera en un elemento central de la cultura de los años 50.
Después de la guerra, miles de prisioneros de guerra estadounidenses regresaron y fueron objeto de sospechas de haber colaborado con el enemigo durante su cautiverio.
Por orden de sus captores, un grupo de ellos había acusado sin fundamento a Estados Unidos de librar una guerra biológica contra Corea del Norte. El Congreso quedó paralizado como consecuencia del “miedo a que los chinos pudieran haberles lavado el cerebro a los soldados y que éstos siguieran espiando para ellos”, escribió el coronel Elspeth Cameron Ritchie en la publicación Military Medicine.
El terror a que los comunistas chinos hubieran creado agentes zombies se generalizó y se arraigó.
D escubrir lo que otros piensan era (y es) la tarea de los espías. La experiencia coreana alentó la búsqueda de la CIA de técnicas de control mental para detectar a presuntos dobles agentes. La agencia se lanzó a lo que calificaba en sus documentos de “interrogatorios en el exterior”.
Se crearon cárceles clandestinas en la Alemania ocupada, en el Japón ocupado y en la zona del Canal de Panamá. “Como en Guantánamo”, señaló un miembro de la CIA, Thomas Polgar, “ahí valía todo”.
En esas celdas, la agencia llevaba a cabo experimentos de lavado de cerebro mediante drogas y otras “técnicas especiales” de interrogatorio. Eso continuó dentro y fuera de Estados Unidos, en ocasiones con inocentes conejillos de Indias humanos, mucho después de la finalización de la guerra de Corea en 1953.
“Había una gran preocupación sobre el lavado de cerebro”, declaró 25 años después Richard Helms, ex director de la CIA, al periodista David Frost. “Sentíamos que teníamos la obligación de no quedar nos atrás en ese terreno en relación con los rusos y los chinos, y la única forma de determinar cuáles eran los riesgos era probar cosas como el LSD y otras drogas que pudieran utilizarse para controlar la conducta humana. Los experimentos se prolongaron muchos años.”
Mientras el gobierno buscaba el suero de la verdad, la ficción estaba rezagada con respecto a la realidad. La teoría de un candidato manchuriano robotizado fue algo que planteó la CIA en 1953, 6 años antes de que Richard Condon publicara The Manchurian Candidate y 9 años antes de que el libro fuera llevado al cine. En Almuerzo desnudo (1959), William Burroughs creó al Dr. Benway, “especialista en interrogatorio, lavado de cerebro y control.”
Saltemos ahora al año 2002. Los oficiales de inteligencia y de las fuerzas armadas estadounidenses buscaban mejores métodos para interrogar a los prisioneros de la guerra contra el terrorismo y examinaban los archivos del Gobierno.
Descubrieron que la mejor memoria institucional residía en las experiencias de interrogatorios a los prisioneros de guerra estadounidenses en Corea. Rescataron un cuadro de 1957 que describía amenazas de muerte, humillaciones, privación del sueño y cosas peores que ponían en práctica los chinos y lo incorporaron a un nuevo manual destinado a los interrogadores de Guantánamo.
La ironía es que el autor original de ese cuadro, Albert D. Biderman, un especialista en ciencias sociales que había analizado entrevistas a 235 prisioneros de guerra de la Fuerza Aérea, escribió que las técnicas comunistas habían servido sobre todo para “arrancar confesiones falsas”.
Se trataba de los mismos métodos que los “inquisidores habían usado durante siglos”. No habían hecho nada que “no fuera de práctica habitual entre los interrogadores policiales y de inteligencia de otras épocas.”
El lavado de cerebro no era más que palabrería, concluyeron los mejores especialistas en los años 60. Sí, los comunistas utilizaron tácticas de interrogación aterradoras y muy antiguas durante la Guerra Fría. Algunas, como el submarino, se habían perfeccionado durante la Inquisición española.
Pero Biderman concluyó que “infligir dolor físico no es un método necesario ni especialmente efectivo” para persuadir a los prisioneros de guerra.
Algunos veteranos de la guerra contra el terrorismo señalan que ya debería haberse aprendido la lección. Alberto J. Mora, abogado de la Marina desde 2001 hasta 2006, declaró en una reciente audiencia ante el Congreso en la que volvió a aparecer el cuadro de Biderman: “La decisión de nuestro país de usar las llamadas técnicas de interrogación ‘crueles’ durante la guerra contra el terrorismo fue un error de proporciones gigantescas.