- JUL. 13, 2008 - Foto - Sucesos - EL UNIVERSO
Solo recuerda que se jubiló con 50 sucres de pensión en la década del sesenta, cuando aún era presidente José María Velasco Ibarra. En esa época –dice– su pasión era la Policía, a la que le entregó dos décadas.
Pero sin duda su especialidad fue guiar el tráfico en las calles, comenta.
Ese gusto no lo pierde a sus 86 años. Hoy, Vicente Valencia cuida los autos en el centro de Quito. A diario, desde las 08:00 hasta las 18:30, custodia carros para que no les roben.
En la esquina de la calle Juan Salinas, con un pañuelo rojo y, como en el pasado, vestido de uniforme, pero esta vez de color azul como exige la cooperativa de vigilantes de vehículos, ubica a los conductores en los espacios vacíos para que se estacionen. Por su ayuda solo aspira a recibir la voluntad de la gente en centavitos, o a veces “ni las gracias dan”, dice. Al final del día con suerte logra entre tres y diez dólares.
Antes –cuenta– su trabajo lo hacía con entrega, pero ahora mira cómo sus colegas cobran a la gente para evitar las multas. De su ex institución no quiere hablar tanto, solo le quedan sus recuerdos y la pensión de $ 150 del que le descuentan $11,23 por enfermedad y un seguro de vida. “No alcanza para vivir, a ellos (Policía) ya no les interesa cómo subsistimos, nos olvidaron”, lamenta.
Vicente no quiere acordarse de su pasado. Se entristece cuando piensa en su paso por la institución policial a la que dice dio mucho y ella le regresa a ver con indiferencia, asiente.
Prefiere perderse en la calle y cuidar los carros que a toda hora del día hacen fila por un espacio en medio del caótico tráfico. A veces, tras horas de espera, los dueños de Mercedes Benz, Ford o Chevrolet disimuladamente le van dejando una monedita de 0,10 centavos.