- JUL. 13, 2008 - Foto - Sucesos - EL UNIVERSO
A sus 76 años, Segundo Salvador Ochoa Rodríguez recuerda cuando vigilaba a caballo a Guayaquil. Cuenta que iban tres uniformados en cada patrulla de la Policía, institución de la que se jubiló hace más de 30 años, 20 de los cuales departió con su gran amigo Whisky, un caballo fuerte al que cuidaba con cariño por su valor.
Actualmente este hombre, oriundo de Cañar, que entregó su vida para precautelar la seguridad de la ciudadanía, intenta cubrir gastos de alimentación, servicios básicos y demás con $ 229 que recibe de pensión en la institución.
A pesar de eso se siente agradecido con la entidad, pues aunque sea recibe medicación gratuita y atención en el hospital de la Policía a costo mínimo que le descuentan del rol.
Ahora, después de 30 años de servicio, recorre las calles de la ciudadela Modelo, donde vive junto con su amigo incondicional Cora, un perro cariñoso que le regaló su hijo Carlos, quien también es policía. Además lo acompaña su hija menor, Beatriz, quien lo cuida y atiende desde que falleció su esposa.
“Mi padre fue operado hace más de tres meses para superar el mal de Parkinson en el hospital de la institución y gracias al apoyo de unos médicos brasileños se está recuperando”, cuenta su hija, quien lo ayuda moral y económicamente.
Como él existen más jubilados que reciben una baja pensión de la entidad, que varía según los años de servicio y jerarquía en la que se retiraron.
Víctor Iza, abogado de la fundación Centinela para Policías, cuenta que los gendarmes que se retiraron en la época del noventa son los que tienen bajas pensiones y les perjudicó la conversión a dólares del 2000.
“Los que ganaban dos millones y medio de sucres y se jubilaron, al convertir ese dinero en dólares recibieron de pensión $ 100”, comenta Iza, quien asegura que los jubilados con bajas pensiones pertenecían a la tropa (clases y policías). Por eso el objetivo de esta fundación es defender los derechos de las clases desprotegidas.