Durante los últimos meses, los ecuatorianos pensamos que, al igual que lo que hicieron los gobiernos de la región, la opinión pública internacional no solo había condenado la violación de nuestra soberanía por parte del ejército colombiano, sino que principalmente había descubierto el verdadero rostro de Álvaro Uribe, al punto de que su decisión de atacar el campamento de Raúl Reyes se había convertido en el gran hoyo negro de su gestión.
Sin embargo, la realidad es otra; luego de escasos cuatro meses de dicho ataque, a Uribe se lo critica internacionalmente por múltiples razones o situaciones, pero no por la ruptura de nuestra soberanía territorial. En los últimos días y a raíz de la liberación de Íngrid Betancourt, la opinión pública internacional, a través de sus diversos medios de difusión, se ha encargado de realizar casi una radiografía de lo que ha sido la presidencia de Uribe, sus proyecciones, sus virtudes y defectos, sus logros y limitaciones, su popularidad y sus obsesiones, su ansia del poder y sus relaciones no tan claras con la para-política, en fin, toda la vida, visión y omisión de un gobernante que por el momento llega a niveles del 90% de popularidad. Pero en alguna de esas publicaciones, de esos análisis, de esas noticias, ¿se menciona, al menos como un abuso lo que ocurrió en marzo pasado, cuando ordenó atacar la base del movimiento subversivo?
Virtualmente en ninguna, lo que significa que para esa opinión pública internacional, el incidente territorial pasó a convertirse en una especie de hecho sinuoso perdido en el tiempo y que no debe concebirse, como los ecuatorianos lo hemos mantenido, como la gran sombra, la mancha siniestra, el paso absurdo de la gestión uribista. Claro, podemos señalar que esa opinión pública obedece a grandes intereses y que difícilmente va a poner en evidencia la violación de nuestra soberanía, más allá de que efectivamente los gobiernos de la región condenaron, en su momento, el ataque a suelo ecuatoriano. Pero llama la atención que incluso en medios que difícilmente pueden ser considerados de derecha, la mención que se hace de dicho ataque es virtualmente mínima.
No solo eso. Me da la impresión –lo que sería realmente contradictorio– que para gran parte de esa opinión pública internacional, el ataque ordenado por Uribe tuvo alguna lógica de justificación, lo que incluso fue recién señalado por Betancourt quien, al mismo tiempo en que pedía a Uribe que cambie su decisión de lograr la paz solo por la fuerza, decía que comprendía las razones del ataque al campamento de Reyes, por más que se haya producido en territorio extranjero. Hay algo, por lo tanto, que no encaja y que nos debería llevar a una reflexión, guardando las lógicas distancias de los hechos: al igual que lo que ocurrió en el conflicto con el Perú, cuando pensábamos que todo el mundo nos daba la razón y realmente muy pocos lo hacían, ahora sucede algo parecido en nuestra relación con Uribe. Lo que en sí no es malo, pero al menos nos debería permitir abrir bien los ojos y constatar en qué falla la percepción de los hechos, ya que si para nosotros lo de Uribe fue un sacrilegio, para la opinión pública internacional, el incidente es parte de una historia pequeña y lejana.