sábado 12 de julio del 2008 Columnistas

Ecos de la Expolibro 2008

Mucho ruido y pocas nueces. Que valga el hurto a Shakespeare para sintetizar la impresión que me produce la feria de libros de este año que culminará mañana. Y lo de ruido es real, directo, sin metáforas. Un barullo dominante, un cruce de voces en los micrófonos en las horas clave, de tal manera que  las presentaciones en la Plaza Central ensordecían a las que estaban ocurriendo en las salas de las Urnas Norte y Sur.

Se me dirá que son gajes de esta clase de reuniones. Que donde se acerca un público masivo hay que atender a la mayoría por encima de los grupos pequeños. El Palacio de Cristal tiene ubicación privilegiada, pero no es el lugar adecuado para una feria de libros. No cuenta con salones cerrados en número suficiente y con acústica precisa para reunirse a hablar y escuchar (que son las actividades principales en torno de los libros), tiene escasas baterías sanitarias y distantes del centro del movimiento, los estacionamientos cercanos no abastecen.

Hubo aciertos y debilidades como era de esperarse. Me duele tener que decir que más de lo segundo que de lo primero. Atrasos de los invitados rompieron la programación, falta de manejo del tiempo montaba un acto sobre otro, los interesados deambulaban buscando el acto que los atraía sin tener a quién acudir. Pero allí estuvimos numerosas veces, tanto para colaborar apoyando a los autores en ese acto que hoy parece el más llevadero en estas citas, la conversación, así como para escuchar a colegas, ex alumnos y amigos escritores que hacían conocer lo nuevo.

El Consulado de México, en la figura de ese señor del buen trato y la pronto iniciativa que es don Rodolfo Quilantán, fue el propiciador de la presencia de varios escritores y de los libros de algunas editoriales mexicanas. Eraclio Zepeda conversó con locuacidad sobre su narrativa y cuatro de sus libros estuvieron al alcance de todos en Fondo de Cultura Económica. Elva Macías, su esposa, poeta de vasta trayectoria, leyó piezas breves, contenidas y sugerentes, que solo se pudieron conocer en su voz.  Hubo un reencuentro público con Miguel Donoso Pareja, que corroboró cuánto hizo nuestro autor por la cultura de ese país durante veinte años.

Andrés Neuman, el argentino-español precoz (impresiona saber que tiene 31 años y más de diez libros publicados en todos los géneros), es inteligente, simpático, agudo en sus observaciones, rápido en sus respuestas hasta para arreglar preguntas mal hechas. No he leído su obra pero me dejó lo suficientemente curiosa de apreciar en el papel, el producto de esa lucidez.  Junto con Marcelo Figueras representan el lado impresionante de cierta juventud creativa, la de los precipitados en vivir y convertir en lenguaje artístico lo que observan y sueñan. Me quedo con una pasmosa  La batalla  del calentamiento  de  531 páginas, entre las manos, para un programa de lectura que ya cruzó la barrera del año en curso.

Fue grato recibir a Mario Campaña, ese guayaquileño afincado en Barcelona para una apasionante entrega a la investigación literaria y a la escritura de su propia obra poética. Mario fue el mayor trabajador de la Feria con varios actos programados, todos de calidad. Numerosos fueron los autores nacionales que aprovecharon la plataforma de la feria: Alicia Yánez, Diego Cornejo Menacho, Edna Iturralde, Leonor Bravo, Manuel Esteban Mejía, Rafael Lugo y muchos más, entregaron obra reciente.

Me quedo corta en los comentarios. Pese a los problemas, la Expolibro da de qué hablar en buenos términos.
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