Julio Boada y Mauricio Calderón nacieron y se criaron en el Santa Ana, como sus abuelos.
Desde abajo y a lo lejos, parece que el cerro Santa Ana sube al cielo con sus casitas de colores. Es su rostro turístico a orillas del río Guayas.
Pero al otro lado, hacia las escalinatas de la iglesia Santo Domingo, está el sector derruido y abandonado. Uno solo es el lugar de origen de Guayaquil pero tiene dos rostros. Este barrio de raíz profunda es donde viven Julio Boada, Mauricio Calderón y miles de vecinos más.
Aquí nació nuestra ciudad. “Guayaquil está situada en el nacimiento de una hermosa colina, vestida de árboles frutales y otros de flores llamados suches. La colina se llama cerrito de Santa Ana”, así lo describió el historiador Mario Cicala. En este cerro –antes llamado Cerrito Verde– donde Francisco de Olmos en 1547 (según el Archivo Histórico) ubicó definitivamente a Guayaquil.
Los turistas atraídos por el Faro, la Plaza de Honores y la Capilla de Santa Ana suben por las más de cuatrocientos escalinatas de la Diego Noboa y Noboa ingreso principal a la parte regenerada del Santa Ana. Después de recobrar el aliento, Guayaquil está a lo lejos: como una mujer que extendiéndose bebe las aguas del río Guayas.
Unos metros más abajo, junto a la entrada del Museo El Fortín, se encuentra a Mauricio Calderón Malavé, de 52 años, quien antes trabajaba como carpintero, albañil o recorría el cerro vendiendo frutas.
Desde la regeneración se gana la vida ofreciendo afiches con fotos del Guayaquil antiguo y actual. Nació acá arriba.
Su abuelo, el marino Vicente Malavé era guardián de El Fortín, lugar donde para las fiestas de julio izaban las banderas y se disparaban salvas con los cañones que ahora se exhiben en el museo. “Las salvas eran una bonita tradición que ha desaparecido”, lamenta.
Recuerda que existían árboles de cereza, ciruela, mango, guayaba y ceibos. Aún algunos dan sombra y frutos. Calderón tampoco olvida la noche cuando jugaba con otros niños bajo el único poste con luz eléctrica. “Junto a ese árbol se me apareció el duende. Era un hombre chiquito con sombrero. Me quería agarrar, caí asustado al suelo echando espuma”.
Pero más peligrosos y reales eran los ladrones del sector. “Era terrible, ni los policías venían y si subían, lo hacían en gajo. Gracias a Dios todo ha cambiado”, dice aliviado, porque sigue viviendo en el callejón de su infancia, ahora turístico.
Su vecino es el cantante Héctor Napolitano, en una zona de bares, cafeterías, tiendas de artesanías y restaurantes.
Pero la Diego Noboa también conduce a pasillos que muestran otro sector del cerro Santa Ana. Uno de callejones inundados de música, escenas familiares y aroma de almuerzo en plena cocción.
Allí se pueden encontrar escalinatas deterioradas. Sin turistas pero con niños jugando. De vecinos –algunos descamisados– conversando y bebiendo al pie de sus casas coloridas por la ropa recién lavada que vuela en las ventanas.
“Yo nunca me opongo al progreso pero así como estamos tenemos más paz”, opina Julio Boada Cabrera, 58 años. Ebanista como su padre. Además autor de versos populares.
Vive con su familia en el callejón Progreso. Su taller –ubicado en la terraza de su casa– huele a madera. Recalca que sus amigos de la zona turística solo pueden dormir desde las tres de la madrugada, ellos no tienen ese problema.
Comenta que se rumoraba que el municipio iba a regenerar el sector desde enero del 2009 “pero parece que no lo hará por falta de presupuesto”.
Boada Cabrera, luego de recordar -a viva voz- sus versos dedicados al cerro, pasa revista a las familias más tradicionales del Santa Ana: los Galán, Tomalá, Castillo, Mestanza, Carrillo, Chispe, Matamoros, etc. Aún las últimas generaciones viven en el lugar. Manifiesta que los cerreños de antes trabajaban en la cervecería, en los aserríos cercanos, en las lecherías de La Atarazana, también estibaban en los muelles, pescaban en el río o eran carpinteros.
Aunque antes se creía que la gente del cerro “éramos malos –con orgullo asegura Boada– siempre hemos sido solidarios”, hasta ahora realizan cruzadas a favor de vecinos necesitados, enfermos o para darle cristiana sepultura a los que mueren.
“Por esa razón aquí en el cerro no ha habido un muerto pobre”, afirma Boada, quien como miembro del club social de la Plaza Colón ayudaba a organizar el baile del 24 de julio que terminaba al amanecer del 25.
Algunos vecinos creen que en la zona regenerada existen más comodidades y ciertas familias han progresado con pequeños negocios.
Por eso les gustaría que arreglen su sector, pero no como zona turística.
En ambos lados del Santa Ana -ese barrio que parece trepar al cielo-, Calderón, Boada y miles de vecinos más, desean vivir con dignidad en el legendario sitio donde nació Guayaquil.
Julio Boada
Habitante del Cerro Santa Ana.
“Siempre hemos sidos solidarios, con los vecinos, enfermos o para sepultar a los que mueren. En el Cerro no ha habido un muerto pobre”.