Por la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando aún no entraban los barcos de gran calado a Guayaquil y su actual puerto marítimo, esas naves anclaban cerca de la isla Puná, donde llegaban muchas personas a comprar mercaderías que venían del exterior para luego comercializarlas en esta ciudad.
Entre esas personas dedicadas a un activo comercio había un grupo de mujeres que semanalmente se trasladaba a la isla para comprar whisky y cigarrillos extranjeros que pasaban de contrabando. Pero lo que más llamaba la atención de esta actividad era la forma cómo lo introducían, pues utilizaban amplias faldas en forma de follones en cuyo interior había grandes bolsillos para colocar las botellas y cajetillas.
Aquellas mujeres presentaban una estampa muy singular en cuanto a su vestimenta, que llamaba sobremanera la atención de quienes las observaban en su desenvolvimiento mercantil y, por supuesto, de los curiosos y viajeros que se apostaban en los muelles.
Para los observadores resultaba muy fácil imaginar el trabajo con que caminaban dichas mujeres y mucho más cuando tenían que subir la rampa del muelle en momentos en que la marea estaba baja. Todo llamaba la atención y constituía un verdadero espectáculo porque las botellas chocaban entre sí y sonaban como campanas. El público se aglomeraba al verlas y gritaba: “¡Ahí vienen las puneñas!”, sin que ninguna autoridad pudiera detenerlas. Nadie se atrevía a hurgar debajo de sus faldas.
Las pequeñas embarcaciones que las transportaban desde Puná llegaban a los muelles 7, 8 y 9, en cuyas cercanías estaban las añoradas carretillas que vendían comida típica (secos de gallina o chivo, guatita, tallarín), chocolates y aplanchados de queso para gente de toda condición social y también los trasnochadores que acudían como clientes permanentes. En verdad los muelles del Guayaquil de antaño presentaban un ambiente febril y curioso.