Si aquilatamos el objetivo de una revolución política y social, en la que pesan por igual la acción de gobierno y la forma de concretarla, es inadmisible que aquellas personas que no se desempeñan como clones mentales del presidente Rafael Correa tengan que abandonar traumáticamente sus encargos. Estos remezones desdicen del rasgo contemporizador que debería primar en un mandatario de nuevo tipo. Si el norte es el país, es saludable que el gobernante cuente con colaboradores que no piensan exactamente como él; pero si lo cardinal es la exteriorización de poder, ese funcionario es un estorbo. Los casos más notorios de aquellos que hace poco se han ido son Alberto Acosta y Fausto Ortiz, pero son muchos más. ¿Es inaceptable para el presidente Correa el acompañamiento de quien no comulgue con él al ciento por ciento?
La exigencia de que se vayan por una discrepancia deja mal parados a los integrantes del equipo gubernamental, pues cabe preguntarse: ¿tienen ellos opinión propia?, ¿han depuesto principios para complacer al Presidente? Es notorio que varias autoridades están más interesadas en ostentar el puesto que en defender las nociones de la revolución ciudadana: la idea del socialismo, la conexión con Hugo Chávez y la inobservancia protocolaria del Presidente enronchan a algunos que rondan por el palacio y los ministerios; sin embargo, vegetan enmudecidos para aferrarse al cargo. ¿Estamos ante un gobierno que incluso internamente no da paso al disentimiento? Esta inflexibilidad provoca desvelo porque, aun cuando la publicidad oficial alienta la renovación, ciertas manifestaciones afrentosas del poder persisten inalteradas.
El escritor francés Max Jacob –que por su origen judío murió en un campo de concentración– dijo: “Una obra no vale por lo que contiene, sino por lo que la rodea”. Aunque él se refería a la poesía, podemos glosar esta frase y decir: una obra de gobierno no vale solo por lo que contiene, sino por quienes la rodean. ¿Cuál es el contenido de lo revolucionario si sus mentores muestran desapego al diálogo? ¿Aquellos que rodean al Presidente le impiden ver los resultados contraproducentes que provoca su palabra desmedida? ¿Qué autonomía tendrá, por ejemplo, la nueva ministra de Economía cuando su antecesor fue echado a pesar de que él creía con firmeza que el Presidente se jugaba por el prójimo más necesitado? ¿A qué actuación están prestos los que se van quedando? ¿A rendir pleitesía a la unanimidad a cambio de poseer guardaespaldas?
El poder es una condena de la vida en sociedad. El entramado del poder degenera a quienes a toda costa quieren detentarlo. ¿Habrá métodos civilizados para conseguir la conducción de lo humano sin que la arbitrariedad nuble la razón? Acuerdo PAIS ha ofrecido un estilo diferente que a ratos no se hace efectivo. Los ciudadanos resienten un verticalismo cuyo origen, quiero creer, es el nerviosismo frente a la magnitud de la tarea emprendida, la inmensa responsabilidad ante la historia, la desesperación legítima por realizar cambios. Pero el grado de lealtad, inteligencia y categoría de los que se han ido preocupa porque no es deseable que el autoritarismo se entronice como dispositivo de la transformación política. Si la expresión del uso del poder no se modifica, entonces la revolución será una quimera más. Otra cualquiera.