Viernes 11 de julio del 2008 El Gran Guayaquil

Un bosque urbanizado

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Julia Pérez de Jácome vive desde inicios de la cdla. La Atarazana, hace 42 años. Dedicada al voluntariado parroquial, lideró las actividades que solventaron la reconstrucción de la iglesia.

La ciudadela surgió de una hacienda que en 1779 era excluida del límite urbano, por su actividad. 

En 1779, los cerros Santa Ana y del Carmen delimitaban el norte de Guayaquil. Las autoridades de entonces excluían de los planos urbanos la zona agrícola y ganadera de atrás de Las Peñas, conocida como atarazana porque allí,  a orillas del río Guayas, hombres construían y reparaban embarcaciones.

Un siglo después, en 1896, la Junta de Beneficencia de Guayaquil (JBG) compró estos predios a Francisco X. Aguirre Jado. El hacendado recibió 60 mil sucres por 3.600 hectáreas.

Estos datos  constan en la guía histórica publicada por el extinto Julio Estrada Ycaza. Y están relacionados con el origen de la primera urbanización que el Banco Ecuatoriano de la Vivienda (BEV) levantó en Guayaquil: La Atarazana.

Julia Pérez tenía 23 y su esposo Mario Jácome, 31 cuando llegaron a la que hoy es su casa, en la manzana A-3.

Era octubre del 1966. La pareja, ahora 65 y 73 años, respectivamente, cuenta que las viviendas tenían dos y tres dormitorios levantadas con materiales fuertes y patios amplios. Ahora lucen con aumentos y remodelaciones. “Romper una pared daba pena”, comenta María Rodríguez Suárez (80).

Había peatonales adoquinadas y calles asfaltadas, pero faltaban vías de acceso desde el casco urbano. Los habitantes, evoca Pérez, caminaban largos tramos para tomar los buses de la línea 2, que avanzaba hasta el Cuartel Modelo; y de la 10, que llegaba al hospital Territorial.

Los  moradores fundadores de la ciudadela rememoran pasajes de la niñez y adolescencia, cuando alguna vez surcaron senderos de la hacienda La Atarazana, zona boscosa atractiva para el paseo después de clases y la recolección de frutas.

Jácome (75) cuenta que la cdla. La Atarazana nació subdividida en dos zonas: José Domingo de Santistevan y Carlos Luis Arosemena Tola. La última denominación perdura en la guía telefónica y corresponde a las manzanas desde la A hasta la E. La otra termina con la manzana Q. Hay también, al menos, treinta bloques habitacionales.

Para conseguir mejoras, los moradores recaudan recursos organizando comidas criollas, bingos, loterías y otras actividades. La iglesia Nuestro Señor de la Buena Esperanza es un referente de unión del vecindario.

El templo se erige moderno. Su reconstrucción terminó hace dos años tras un proceso de seis que inició el padre Vicente Agila. “La iglesia estaba quedando chica. El padre (Agila) nos dijo que la reconstruyamos, pero todos teníamos que apoyar”, recuerda Julia Pérez.

La Atarazana es religiosa. Ahí nació el barrio San Pedro, que después se mudó al sector de la cdla. Ferroviaria.

Junto al templo, en el parque La Concordia, de La Atarazana, cada tarde convergen habitantes fundadores que suelen compartir anécdotas.

Alberto Santos Morla (84) dice que el nombre destinado para el área recreacional lo puso él para evocar un viaje a París (Francia), donde visitó la plaza La Concordia.

Santos, presidente del Club Social Deportivo La Atarazana, relata que en 1969 los dirigentes realizaron una consulta entre moradores que, con firmas de apoyo, reafirmaron el nombre La Atarazana para reconocer a la urbanización.

Así descartaron la propuesta de unas respetables señoras que intentaron cambiarlo a ciudadela Amazonas.

Otros organismos son el Centro de Mejoras de La Atarazana y la Asociación de Propietarios de La Atarazana (APA). En la ciudadela funcionan dos colegios, hospitales e instituciones como el Tribunal Electoral del Guayas. Actualmente la urbanización limita con las avenidas Pedro Menéndez, Carlos Luis Plaza Dañín, Democracia y Roberto Gilbert Elizalde.

“Esta ciudadela fue ideada para personas de nivel medio alto. El banco (BEV) investigaba qué profesión teníamos. Así se formaron grupos en las manzanas”, dice Arturo Casal Garaycoa (69).

Un hecho trágico ocurrió el 22 de octubre de 1989. Un avión Jaguar de entrenamiento de la Fuerza Aérea Ecuatoriana se precipitó a tierra. Fallecieron diez personas, entre ellas el piloto Eduardo Arias.

En La Atarazana hay quejas por el mal estado de ciertas calles y la falta de espacios verdes. Estos últimos, dice Jácome, desaparecieron al dar paso a los bloques habitacionales. Así el BEV expandió la cdla. La Atarazana, otrora hacienda transformada en área urbana.

TEXTUALES: Moradora

Graciela Vélez López
HABITANTE FUNDADORA

“La Atarazana fue la primera ciudadela del norte. De niños, los profesores nos traían de excursión acá cuando todo esto era hacienda ganadera”.


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