- JUL. 11, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
Otro número que constaba en los programas conmemorativos de agrupaciones barriales, obreras, culturales y deportivas para festejar fechas cívicas, religiosas, aniversarios institucionales, etcétera, era el tan esperado torneo de cintas.
Consistía aquel en colocar una soga delgada, alambre o piola resistente, templarla y amarrar sus extremos en palos verticales, postes o del rudimentario arco hecho para el campeonato de indorfútbol.
De la soga pendía en un pequeño carrete la argolla y parte de la cinta multicolor trofeo del certamen, obsequiada por la madrina del barrio, chiquillas y vecinos colaboradores. Las cintas tenían estampados los nombres de sus donantes.
Participaban niños y jóvenes en bicicletas, que hacían malabares al emprender veloz carrera desde una distancia convenida. Portaban un alambre o palillo pequeño para, a su raudo paso, ensartar la pequeña argolla de la cinta. Si no acertaban tenían derecho a otra oportunidad de acuerdo con el número de inscritos; todos respetaban su turno.
El concurso reunía destreza, alegría y hasta desilusión cuando el concursante no atinaba una. En cambio, el grito animoso del público que hacía la calle para el paso del ciclista, nunca se hacía esperar cuando este, sin problemas, se alzaba con la cinta en disputa y se la colocaba o iba presuroso para que la simpática donante se la colocara junto con una sonrisa como premio adicional.
Muchas imprentas (Lucín, San José, Lituma, Pappe, Zea Aranda, etcétera) anunciaron por EL UNIVERSO la confección de cintas para los torneos barriales hasta la década de los ochenta, cuando comenzaron a declinar. En julio de 1958, Zea Aranda Hnos. las ofrecía “de raso, bien anchas, con elegante fleco dorado y argollas”.
Pocos son los barrios que ahora organizan tales torneos para alegrar a sus vecinos. En la zona campesina los torneos de cinta se hacen a caballo, y los jinetes muestran admirable destreza.