- JUL. 09, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
Un aspecto del concierto de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil en homenaje a EE.UU.
Tuve la oportunidad de escribir acerca de Leif Bjaland en la década de los ochenta. Lo había visto dirigir la Segunda Sinfonía de Bruckner con la New World Symphony en Miami, compuesta por jóvenes músicos. La crítica norteamericana habló entonces de “un director dinámico capaz de pulir el sonido como un escultor lo hace con el mármol”. Logró aquello con Bruckner: pocas veces escuché un adagio, con aquel solo final sobre fondo de cuerdas, interpretado con semejante expresividad.
En Guayaquil, el repertorio dedicado exclusivamente a la música de Leroy Anderson no se prestaba para que el director diera una idea cabal de su capacidad profesional. Para él, fue como una gira vacacional. Le permitió rendir homenaje a un compositor extremadamente popular, muy fértil a la hora de crear melodías atractivas con aquel ambiente llamado “easy music”, música fácil de escuchar. Leif Bjaland podría dejar a los guayaquileños la fama de un director ligero, lo que sería un grave error. Pueden imaginarlo dirigiendo la Novena, de Beethoven, óperas como Madame Butterfly, Las Bodas de Fígaro, estrenando obras contemporáneas.
En la primera parte del concierto, el público celebró al paso gran cantidad de temas que gozan de fama internacional. Entre tantos están el Tango azul, el Reloj Sincopado, La Última Rosa del Verano, La Máquina de Escribir. Se usa mucha percusión, incluyendo el famoso látigo, caja sonora de madera capaz de producir un sonido seco al cerrarse con fuerza. No llegó siempre anoche su chasquido con la debida precisión.
Fue grata sorpresa la actuación de Juan Carlos Escudero en el Concierto en do mayor # 1 del mismo Leroy Anderson. Escudero, formado por Aliona Dzouba; luego, por Reynaldo Cañizares es auténtica promesa. Veo más bien aquella obra de Anderson como una rapsodia para piano y orquesta; no llega quizás a la originalidad del Concierto en fa, de Gershwin.
Leroy Anderson se dio perfectamente cuenta de aquello, y frente a las críticas decidió realizar unos cuantos cambios en su obra, mas, nunca llevó a cabo aquella transformación. Sin embargo, más allá de una aparente facilidad, el concierto oculta serias dificultades para el solista en el último movimiento (allegro vivo) y la obra, de repente sentimentaloide, resulta ser refrescante como champaña rosada. Frente a la ovación recibida, Juan Carlos decidió entregar al público el romanticismo vehemente de Scriabin. Bjaland derrochó simpatía, trató con gran cortesía a los músicos, dirigió con seriedad aquella música ligera, pero quisiéramos verlo volver, quizás con una sinfonía de Mahler o la Quinta de Prokofiev, cuyo adagio me recuerda el primer movimiento de la sonata Claro de luna con su acompañamiento obsesivo de tres notas.
Con aquella obra, Leif obtuvo grandes éxitos, llegaron a llamarlo “director de directores”. Sabemos que es un incomparable formador de músicos. Gran parte del éxito que tuvo la New Word Symphony se debió a su trabajo pedagógico. Sería interesante saber cómo fue la labor de él durante los ensayos con nuestra Orquesta Sinfónica de Guayaquil. Siendo una noche de homenaje a Leroy Anderson, no entendí por qué Egberto García interpretó temas como My Way, de Claude François, o La sombra de tu sonrisa, de Johnny Mandel. Muy bien hubiera podido interpretar, por ejemplo, Syncopated clock: “Here was a man like you and me, as simple as a man could ever be”, tema que se adapta mucho más a su registro de voz que el éxito de Sinatra.