Hoteles de cuatro o cinco estrellas suelen albergar a grupos numerosos de visitantes extranjeros, sobre todo de Europa, Australia y de Estados Unidos de Norte América. Los europeos hasta hace pocos años provenían, en su mayoría, de Alemania, Holanda, Suecia, Francia; hoy vienen de todos los países cobijados por la Unión Europea. Estos grupos humanos son fácilmente identificables: piel blanca, ojos claros, pelo castaño o blanco, corpulentos, altos y bien conservados, entre los sesenta y ochenta años de edad; se organizan en grupos, compran paquetes turísticos para tres o cuatro semanas, anualmente, y se lanzan a conocer el mundo, a realizar aquello que por su trabajo no lo hicieron antes. ¿Quiénes son estos personajes, acaso pertenecen a familias multimillonarias, son estafadores clandestinos o simplemente jubilados? Pues lo último, amigas y amigos.
Son escuadrones humanos a quienes las leyes laborales les permiten empezar a vivir de su jubilación, es decir, de un estatus muy singular, de un periodo estelar donde ya no existen las preocupaciones de qué hacer para trabajar y cómo ganar, sino simplemente de qué manera óptima gastar los recursos provenientes de la jubilación para convertir la vida, en sus últimos años, en verdaderos años dorados y convertir así la fase final de la existencia en un periodo de paz, tranquilidad, disfrute y felicidad.
La jubilación debe ser precisamente esto: un remanso repleto de felicidad, de paz, de bienestares múltiples. Chile lo comprendió hace muchos años y se ingenió al crear una jubilación prefabricada, en buena parte dependiente del ahorro de cada persona interesada en construir, durante el tiempo hábil de trabajador, un oasis a la medida de las expectativas personales. Nosotros seguimos anclados en un sistema de Seguro Social que nos ofrece, con toda seguridad, tan solo la inseguridad. Es penoso afirmar que la nueva Constitución no consagra cambio alguno en nuestro sistema social, pues entrega toda la responsabilidad al Estado, prohíbe la posibilidad de que la empresa privada pueda competir en aseguramientos, a sabiendas de que el Estado ecuatoriano, por historia, es mal pagador y cumple a destiempo y a medias con sus obligaciones.
El ministro de Educación, doctor Raúl Vallejo Corral, y el presidente Correa están a tiempo para corregir este desatino: que un maestro deba permanecer hasta los ochenta años como profesor y tener más de 40 años de servicio para recibir como incentivo de jubilación 24.000 dólares, a ojos vista, una puchuela, una injusticia. Bien puede el gobierno de la “revolución ciudadana” dar a los maestros, al final de sus vidas, la dignidad remunerativa que siempre se les negó. Lo que hoy se quiere hacer no debe compararse con lo que nunca se hizo, sino con aquello que debe hacerse.
No pertenezco al profesorado fiscal, no tengo intereses personales en este tema, pero vivo entre maestros fiscales que trabajan en instituciones particulares para redondear su remuneración; me gustaría que ellos puedan acceder a una jubilación digna que sea una compensación decorosa y justa, pues entregaron sus vidas al servicio de la infancia, niñez y juventud ecuatorianas.