miércoles 09 de julio del 2008 Columnistas

Filtros

Leí con mucho interés un mensaje que Giovanni Paredes me envió por internet. Me parece útil transcribirlo…

Un día un conocido se acercó a Sócrates y le dijo al gran filósofo: ¿sabes lo que escuché acerca de tu amigo? Espera un minuto, replicó Sócrates. Antes de decirme nada quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo el examen del triple filtro. ¿Triple filtro? Preguntó el otro. Correcto, continuó Sócrates. Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser bueno filtrar tres veces lo que vas a decir. El primer filtro es el filtro de la Verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto? -No, dijo el hombre, realmente solo escuché sobre eso y…

-Bien dijo Sócrates, entonces realmente no sabes si es cierto o no. Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo? –No, por el contrario… Entonces deseas decirme algo malo de él, pero no estás seguro de que sea cierto. Pero aún podría querer escucharlo por que queda un  filtro, el filtro de la utilidad. ¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo? –No, la verdad que no. Bien, concluyó Sócrates. Si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno e incluso no me es útil, ¿para qué querría yo saberlo?

Si aplicáramos el triple filtro, seguramente hablaríamos menos y mejor. Sócrates murió, fue sentenciado y condenado a muerte, víctima del rumor.

Al mundo ha asombrado la entereza de Íngrid Bentancourt. Muchos rumores han circulado. Respeto profundamente y me inclino delante de personas que han sufrido los horrores del secuestro. Y que salen transformadas, seguramente viendo el mundo y los acontecimientos de manera diferente con el prisma que la cercanía a la muerte, el  miedo, el hambre, el vivir en lo esencial y de lo esencial han transformado en el crisol de las lluvias, los mosquitos, las caminatas, las cadenas, pero sobre todo de las ausencias, la falta de hijos, esposos, madres, padres y amigos, adivinados, soñados, llamados, suspirados. Han pasado por un filtro que las enfrentó consigo mismas y con lo peor y lo mejor del ser humano.

Los secuestrados pueden sufrir la identificación con sus captores o bien el odio a ellos y a todo lo que tenga que ver con ellos. Íngrid parece haber salido victoriosa de esos problemas. Acaba de señalar lo necesarios que son en el proceso de paz en Colombia, los gobiernos de Ecuador y Venezuela, con sus respectivos presidentes y ha pedido a Uribe no hablar ni dejarse llevar por el odio.

Conocí a un soldado francés víctima de la guerra, que todos los años se encontraba con su captor nazi en la frontera con Alemania y plantaban juntos un árbol. Formaron un pequeño y acogedor bosque a lo largo del tiempo. Apostaban al renacimiento de la vida. No he escuchado nunca a Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz,  víctima también de la tortura durante la dictadura militar argentina, pronunciar palabras de odio contra sus torturadores.

Ante esas experiencias también me inclino e intento dejarme moldear por ellas.

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