|
En las pocas horas desde su liberación Íngrid Betancourt ha hecho un reconocimiento y tres pedidos al presidente Correa. Ha reconocido que él puede jugar un papel muy importante en lo que ahora se ha convertido en su principal tarea, la liberación de los demás secuestrados. Y le ha pedido, primero, que al hacerlo recuerde que el pueblo colombiano escogió a Uribe, no a las FARC para que dirija los destinos de Colombia. Que se ponga de lado de la democracia, no del terrorismo. La otra es que utilice la reconocida influencia que tanto él como Chávez tienen sobre la dirigencia de las FARC para llegar a la paz. Y, por último, que para jugar tan importante rol restablezcamos relaciones diplomáticas con Colombia.
Pobre Íngrid, no sabía en lo que se metía. Probablemente su largo cautiverio no le había permitido seguir de cerca cómo funcionan las cosas acá, especialmente nuestra política internacional. Sus planteamientos son demasiado sensatos, llenos de esa madurez que solo es posible encontrar en los espíritus generosos, en el de aquellas personas que el dolor no lo convirtieron en resentimiento, ni el sufrimiento asfixió su inteligencia.
Como se conoce, la respuesta a Íngrid fue un bofetón. “Déjennos en paz”. No me molesten, tengo otras cosas que hacer, ya me cansé de todo esto. Estoy hasta el copete. Los secuestrados, el narcotráfico, el terrorismo, la guerrilla son sus problemas. Vean cómo se las arreglan. Allá ustedes. (Como olvidándose de quien permitió el cónclave bolivariano en Quito, con participación del ETA, quien facilitó la impunidad de las “estudiantes” mexicanas, etcétera).
No, Íngrid. Así no piensa, ni siente la inmensa mayoría de los ecuatorianos, que durante los últimos años contigo bajaron al Infierno de tu esclavitud y ahora han casi tocado contigo el Paraíso de la libertad. Comprendemos que luego de lo que ha pasado, tan desafortunadas declaraciones no le han de haber dolido, pero a los ecuatorianos sí nos han dolido. Y mucho.
Lo que pudo haber sido un momento de reconciliación, de olvidar tanta discordia y rectificar errores, se convirtió en otro episodio para hacer gala de inmadurez y prepotencia; culminando así nuestra cadena de desaciertos en política exterior, si así puede llamársela.
Sabemos, y el mundo sabe, que el estribillo de la soberanía es un simple apalancamiento electoral interno, pues si fuese verdad habríamos roto relaciones con Venezuela hace tiempo. Sabemos que el ejército colombiano no atacó el 1 de marzo a un cuartel o base militar ecuatoriana, sino a un campamento de narcotraficantes y santuario de terroristas instalado en nuestra “tierra sagrada” gracias a la negligencia, por decir lo menos, de nuestro Estado.
No restablecer relaciones con Colombia mientras Uribe sea presidente parece un capricho infantil, revelando una visión personalista, no institucional, de la política como la de Luis XIV, “el Estado soy yo”. Las relaciones diplomáticas se tienen entre estados, no entre los individuos que los lideran. Son los pueblos de un Estado los que escogen sus líderes, no los presidentes del país vecino. |