Ocurrió cuando cumplía 87 años de edad: desperté de madrugada con un lancinante dolor del tórax, del lado del corazón. Fui hospitalizado de emergencia esa misma mañana y sometido a exámenes de rigor:
electrocardiografía, pruebas funcionales, y más. Sin embargo, nada significativo apareció para el diagnóstico. Marcelo Moreano, distinguido cardiólogo, me indicó que debía someterme a otro y más decisivo examen, una angiotomografía. Tal examen se lo realiza mediante un formidable aparato, llegado hace nueve meses, y que toma cien y más imágenes por minuto, a lo largo y ancho del corazón y su sistema vascular. Cuando me entregaron una de las fotos, constaté la causa del trauma: mi arteria coronaria se estrechaba peligrosamente a lo largo de un segmento, obstruyendo 75% de la circulación sanguínea.
Meses atrás, tal lesión hubiera exigido colocarme un bypass (una conexión alterna) con un pedazo de vena extraída de la pierna, para reemplazar el segmento obstruido: operación de alta cirugía, con 30% de mortalidad, días de cuidados intensivos, larga recuperación en el hospital y aún más en casa.
En vez de semejante avatar, la actual tecnología permite una intervención poco menos que milagrosa.
El equipo de cirujanos que encabezaba el doctor Christian Fierro operó impecablemente: a nivel de la ingle, con anestesia local, ellos introdujeron una sonda o catéter en la arteria de mi pierna y, visualizando todo el proceso merced al angiotomógrafo, impulsaron contra corriente el catéter hasta el corazón. Allí localizaron la arteria obstruida. La punta del catéter lleva un diminuto balón y un stent, suerte de tubo de malla de acero inoxidable que es colocado en la parte obstruida y dilatado inflando el balón que desarrolla una enorme presión de hasta 30 atmósferas. Al cabo, se retira la sonda, el stent queda asegurado, y abierta la luz arterial permitiendo circular el 100% de la sangre. Asombrosamente, la operación duró menos de una hora.
A la mañana siguiente mis colegas verificaron mi estado y me dieron el alta. Diez días luego pasé un nuevo chequeo. Nada fallaba y retorné a dar continuidad a mis 58 años de práctica profesional.
A mi avanzada edad, los riesgos de la intervención eran mayores. Pero acaso debido a una vida de ejercicio físico cotidiano, cuidadosa nutrición y templanza, pudo mi cuerpo resistir mejor. No obstante, que el percance ocurriera el día de mi aniversario, me llevó a pensar que existen regalos paradójicos e insospechados: en una época en que nos sobrecogen los efectos nefastos de ciertas tecnologías contemporáneas, constaté la otra cara de la medalla: una tecnología maravillosamente benéfica, que en manos de especialistas de óptima preparación, salva la vida.