martes 08 de julio del 2008 Columnistas

Síntomas nacionales

Los médicos definen al “síntoma” como la manifestación subjetiva de una enfermedad. Para los psicoanalistas, es una formación del inconsciente que, por un lado, expresa de modo parcial y disfrazado un deseo ilícito y, por otro, satisface a la censura que lo prohíbe. Para Lacan, un síntoma es además la expresión estructural de nuestra condición humana incompleta e imperfecta. En la clínica, los síntomas son particulares y subjetivos; no hay síntomas grupales, colectivos o sociales. Sin embargo, Slavoj Zizek, en uno de sus “malabarismos” entre psicoanálisis y sociología, propone la posibilidad de los “síntomas sociales” como los fenómenos o disposiciones que expresan las inevitables imperfecciones e inequidades de toda sociedad, y los esfuerzos que estas hacen para disimularlos, ignorarlos o resolverlos de modo inadecuado. Si existen “síntomas ecuatorianos”, propondría como tales a tres fenómenos admitidos por nuestra sociedad, que se articulan alrededor de un eje: la novelería, el mesianismo y la precipitación.

Novelería: pasión y deslumbramiento ante lo novedoso o desconocido que traerá soluciones inmediatas; decepción de lo antiguo; inconstancia en el sostenimiento de un proyecto a largo término; atribución de facultades milagrosas a lo nuevo; fascinación por la apariencia sin querer saber lo que está detrás. Mesianismo: atribución de la condición de salvador al recién llegado que se ha esperado desde siempre y que resolverá todo problema; el “mesías” es un personaje nuevo y nunca un miembro antiguo y desgastado de la comunidad; se le atribuye omnipotencia; su llegada causa el repudio de los falsos benefactores que fracasaron antes; su palabra es verdad indiscutible y sus actos se justifican por la redención esperada. Precipitación: lanzarse a una decisión, expresión verbal o acto, sin consideración por el riesgo, la oportunidad, la verdad, la legalidad o las consecuencias; solución falsa ante la inacción o inercia;  improvisación.

La historia ecuatoriana de los últimos cien años es pródiga en la expresión de estos fenómenos. Si hay un eje que los articula es una extendida desestimación en nuestra sociedad y cultura, del valor y la importancia del esfuerzo cotidiano, del proceso continuo y a largo término y del trabajo constante como las vías para obtener resultados en cualquier campo. No hemos tenido pérdidas fundamentales, o no asumimos las que hemos sufrido. Somos  bendecidos por la naturaleza y hemos hecho desventaja de ello. Seguimos esperando la salvación sin esfuerzo, la victoria fácil e inmediata, la ganancia sin pérdida, los réditos sin inversión y el reconocimiento gratuito de nuestra “bondad nacional”. Todavía no aprendemos que detrás de cada medalla de Jefferson hay veinte años de sangre, sudor y lágrimas; incluso algunos dirigentes deportivos pensarán que el triunfo de LDU “solo se debe a las buenas contrataciones de la temporada”.

En la hora política actual, los ecuatorianos instruidos y de clase media para arriba tendríamos que asumir que no somos víctimas de nada, salvo de nuestro rentismo, ilusiones y veleidosa comodidad. Si el proyecto del presidente Correa es realmente una utopía totalitaria, novelera y mesiánica, no es sorprendente que sus opositores no puedan articular un movimiento contrario consistente. Quienes encarnan la oposición más obcecada y menos reflexiva deberían preguntarse en qué medida contribuyeron a crear el fenómeno que hoy temen y aborrecen.

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