Los médicos definen al “síntoma” como la manifestación subjetiva de una enfermedad. Para los psicoanalistas, es una formación del inconsciente que, por un lado, expresa de modo parcial y disfrazado un deseo ilícito y, por otro, satisface a la censura que lo prohíbe. Para Lacan, un síntoma es además la expresión estructural de nuestra condición humana incompleta e imperfecta. En la clínica, los síntomas son particulares y subjetivos; no hay síntomas grupales, colectivos o sociales. Sin embargo, Slavoj Zizek, en uno de sus “malabarismos” entre psicoanálisis y sociología, propone la posibilidad de los “síntomas sociales” como los fenómenos o disposiciones que expresan las inevitables imperfecciones e inequidades de toda sociedad, y los esfuerzos que estas hacen para disimularlos, ignorarlos o resolverlos de modo inadecuado. Si existen “síntomas ecuatorianos”, propondría como tales a tres fenómenos admitidos por nuestra sociedad, que se articulan alrededor de un eje: la novelería, el mesianismo y la precipitación.
Novelería: pasión y deslumbramiento ante lo novedoso o desconocido que traerá soluciones inmediatas; decepción de lo antiguo; inconstancia en el sostenimiento de un proyecto a largo término; atribución de facultades milagrosas a lo nuevo; fascinación por la apariencia sin querer saber lo que está detrás. Mesianismo: atribución de la condición de salvador al recién llegado que se ha esperado desde siempre y que resolverá todo problema; el “mesías” es un personaje nuevo y nunca un miembro antiguo y desgastado de la comunidad; se le atribuye omnipotencia; su llegada causa el repudio de los falsos benefactores que fracasaron antes; su palabra es verdad indiscutible y sus actos se justifican por la redención esperada. Precipitación: lanzarse a una decisión, expresión verbal o acto, sin consideración por el riesgo, la oportunidad, la verdad, la legalidad o las consecuencias; solución falsa ante la inacción o inercia; improvisación.
La historia ecuatoriana de los últimos cien años es pródiga en la expresión de estos fenómenos. Si hay un eje que los articula es una extendida desestimación en nuestra sociedad y cultura, del valor y la importancia del esfuerzo cotidiano, del proceso continuo y a largo término y del trabajo constante como las vías para obtener resultados en cualquier campo. No hemos tenido pérdidas fundamentales, o no asumimos las que hemos sufrido. Somos bendecidos por la naturaleza y hemos hecho desventaja de ello. Seguimos esperando la salvación sin esfuerzo, la victoria fácil e inmediata, la ganancia sin pérdida, los réditos sin inversión y el reconocimiento gratuito de nuestra “bondad nacional”. Todavía no aprendemos que detrás de cada medalla de Jefferson hay veinte años de sangre, sudor y lágrimas; incluso algunos dirigentes deportivos pensarán que el triunfo de LDU “solo se debe a las buenas contrataciones de la temporada”.
En la hora política actual, los ecuatorianos instruidos y de clase media para arriba tendríamos que asumir que no somos víctimas de nada, salvo de nuestro rentismo, ilusiones y veleidosa comodidad. Si el proyecto del presidente Correa es realmente una utopía totalitaria, novelera y mesiánica, no es sorprendente que sus opositores no puedan articular un movimiento contrario consistente. Quienes encarnan la oposición más obcecada y menos reflexiva deberían preguntarse en qué medida contribuyeron a crear el fenómeno que hoy temen y aborrecen.