La llamada espumilla es una sabrosa preparación popular y casera hecha con clara de huevos, colores y saborizantes que, una vez bien batidos hasta que tomen buena consistencia, puede servir como postre y servirse en fiestas infantiles o reuniones hogareñas.
Personas con sentido comercial, difundieron la venta del dulce a la entrada y salida de escuelas y colegios. Por eso tomaron la costumbre de exhibirla en charoles asentados en ‘burritos’ de tijeras, lo que les permitía trasladarse de un sitio a otro.
Cuando los escolares y colegiales ingresaban o salían de sus clases, se dirigían hasta donde el vendedor para pedirle 5, 10 y hasta 20 centavos de espumilla, que aquel la despachaba con la ayuda de una pequeña espátula y la colocaba en pedazos de papel de despacho o periódico blanco, dándoles la yapa ante la insistencia de los clientes.
Para hacer más llamativa la espumilla para el público menudo y adultos golosos, le esparcían unas diminutas grageas azucaradas o colaciones.
Los muchachos que se reunían alrededor del vendedor se hacían bromas, pues algunos esperaban que su amigo comenzara a llevar el contenido a la boca para darle un manotón y lograr que todo el dulce quede adherido en la cara o más bien “embarrado” como se decía antes. Este chiste originaba la algarabía del grupo.
Los vendedores de espumilla también viajaban a las fiestas religiosas y cívicas de pueblos cercanos para comercializar su producto que los niños conocían y esperaban al igual que a los helados, caramelos y otras tantas golosinas populares que se identifican con las preparaciones tradicionales de la región y el país.
Actualmente son pocas las personas que preparan y venden el producto. Se las observa esporádicamente en ciertos planteles educativos y por la esquina de Francisco García Avilés y Aguirre, cerca del Mercado Central y locales de juegos mecánicos donde se estacionan a ofrecerlo a los transeúntes, pero ahora en centavos de dólar.