Una joven me pide que le recomiende libros para sus vacaciones. Le sugiero dos obras maestras: 1984, de George Orwell, y La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Son modelos de cómo escribir un relato. Su lectura es fácil y entretenida, y para su comprensión basta un moderado conocimiento de la historia universal, como debería tenerla todo bachiller.
1984 es una antiutopía, un mundo sometido a la tiranía de un líder con todos los poderes, el Gran Hermano, nombre plagiado desatinadamente en algunos reality shows. La descripción que hace de ese mundo opresivo se considera como un modelo de análisis político. En Oceanía, un supuesto país que comprende América y las Islas Británicas, existen varios ministerios: el de Paz, que se ocupa de que la guerra sea permanente; el de la Abundancia, cuyo propósito es mantener a la gente en la pobreza; y el de la Verdad, que se dedica a falsificarlo todo y a engañar al pueblo. No, no estoy haciendo una caricatura, así lo escribió Orwell.
Igual, también esto salió de su pluma: “En esas ocasiones discutían sobre cuál era el asunto cuya discusión se les había encargado y esto les llevaba a complicadas argumentaciones y sutiles distingos con interminables digresiones, peleas, amenazas e incluso recurrían a las autoridades superiores…” Quede claro que hablaba de la literaria Oceanía y no de Montecristi.
Orwell estructuró un texto polisémico amplio y sugerente. Perdón, ¿qué es esto de polisémico? Quiere decir que tiene muchos significados, que puede leerse de varias maneras. Es por una parte una novela “de anticipación”, pero también es una bella historia de amor, tiene esa ya mencionada dimensión politológica y es, sobre todo, un manifiesto contra la tiranía, con lo que consigue lo que muy poca literatura de calidad ha podido: transmitir un mensaje ético.
La fiesta del Chivo, en cambio, está referida al pasado cercano en América Latina. Es una crónica novelada, pero minuciosa y documentada, de la brutal dictadura de Leonidas Trujillo en República Dominicana. Pero tiene más: es una anatomía del caudillismo populista, ese sida político que con tanta frecuencia contraen los pueblos latinoamericanos. Además de coincidir en su esencia, es impresionante la cantidad de detalles que comparten los autócratas de nuestro hemisferio, llámense Perón, Batista, Fidel Castro, Hugo Chávez y etcétera.
En tan exacto retrato encontré frases que creía haber oído, como esta: “Es una violación de nuestra soberanía, por supuesto. ¿Permitirían los gringos que nuestra policía fuera a investigar el asesinato de un dominicano en New York?”. Pero no, nunca oí aquí nada parecido porque Trujillo dijo “dominicano”. O como esta otra pronunciada por un esbirro del dictador: “Trabajar desde el alba hasta la medianoche, siete días por semana, doce meses al año. Ocupándose de lo importante y de lo mínimo… Para meternos en el siglo XX”. Lo que le oí aquí a un enternecido funcionario tenía una “gran” diferencia, este dijo “en el siglo XXI”.
El laureado autor peruano hace de su agradable novela un himno a la libertad y así consigue también transmitir un vital mensaje ético.