“Todo es arte, arte es todo”. Rauschenberg explicaba que para él “una imagen es real solo si está compuesta por pedazos que componen la realidad misma”. Su última exposición subraya su ideología, inaugurada días antes de su muerte.
“No me quiero ir de aquí”, dijo a la revista Harper’s Bazaar en 1997 sobre la muerte. “Tengo miedo de que algo interesante pase y perdérmelo”. Diez años y algo más vivió Robert Rauschenberg, hasta que en la madrugada del 13 de mayo pasado falleció en su casa en Captiva Island, Florida.
Se perdió, sin embargo, de ver terminada su última muestra, Travelling 70-76, inaugurada el 9 mayo, pocos días antes de que las complicaciones con sus pulmones lo dejaran morir en su cama. En la rueda de prensa esa noche, la curadora Mirta d’Argenzio, junto con el grupo del museo Haus der Kunst, en Munich, lamentaron su ausencia. Lo que quizás lamente el mundo del arte es que de la generación de grandes artistas que formó la Documenta 4 en 1968 (Jasper Johns, Joseph Buys, Andy Warhol, Yves Klein, Lucio Fontana y Donald Judd... los que golpearon, como todo idealista joven en aquellos tiempos de revolución), ahora que se fue Rauschenberg, ya no quede vivo ninguno.
“Todo es arte, arte es todo”. Palabras como estas, de Rauschenberg, de su época, lo han posicionado como uno de los innovadores más significativos del siglo XX. Rauschenberg exploró con su propia creatividad sobre el campo de los nuevos medios, materiales y técnicas; derritió la escultura y la pintura para conformar una sola masa entre elementos de la vida diaria; una sola masa entre el arte y las personas.
Travelling 70-76 muestra cómo en sus viajes a Francia, Italia, Israel y la India, Rauschenberg recoge nuevas impresiones de culturas extranjeras siguiendo esta línea. Es así como logra una fuerte y hermosa poética en torno al significado de viajar, paralelo a la estética que otorga a cada estación en la que trabaja: las series Cardboards (cajas) 1971-1972, Venetians (venecianas) 1972-1973, Early Egyptians (egipcios tempranos) 1973-1974, Made in Israel 1974, Hoarfrost (símbolo perteneciente al infierno de Dante) 1974-1975 y Jammers (reminiscente a las navegaciones en barco) 1975-1976, son una mezcla de frescura y precisión, de inmobilidad y transición que se alternan como significados.
Americanas y venecianas
Entre 1971 y 1972, Rauschenberg trabaja entre Nueva York y la Florida, donde compra su segundo taller en Captiva Island. Inspirado en este último contexto, el artista decide trabajar con materiales de suavidad y deshecho. Entonces buscó lo que sea accesible en cualquier parte del mundo, y encontró cajas cartón.
Los cartones que recogía los dejaba en su forma original, sin modificar el color o la textura natural de la superficie, sin muchas pretensiones. Es así como las composiciones que luego colgaría en la pared mostrarían la suciedad, las huellas del zapato, de ruedas, de letras y goma de etiquetas, guardando cada caja su recorrido personal, su historia de usada.
En las cajas, el lenguaje de la abstracción formal se une con la vida diaria, elevando su origen ordinario hacia los valores del arte visual. Los trabajos de la serie Cardboards testifican la habilidad única de Rauschenberg al desarrollar formalmente composiciones sobre objetos simples.
Las numerosas visitas del artista a Venecia contextualizan la segunda estación de sus viajes, durante el verano del 1972, que se extiende al 73. Rauschenberg prefiere aun la sencillez como atractivo principal y toma así cueros, madera, tiras de llantas, cables, envases, almohadas y hasta bañeras de la ciudad, arreglándolas de manera escultórica. Por ser venecianas, las obras se reflejan en el símbolo de la laguna, un espacio dormido en el tiempo, con una ininterrumpible atracción a pesar del deterioro característico de Venecia.
Arena del Oriente próximo
Rauschenberg trabaja sus impresiones alrededor de la mitología en la serie Early Egipcians (egipcios tempranos), parte en París, parte en su atelier en Captiva. Los cartones, hasta ahora “trabajados sin modificar”, serán envueltos durante esta etapa en arena, como las momias en gasa. La estructura de la superficie irregular, combinada con papeles fosforescentes en la parte inferior de las cajas, recuerda los colores del alba y el ocaso.
La serie de egipcios tempranos parte no de la arquitectura egipcia, como lo haría el artista con Venecia, sino de la forma en que los egipcios construían sus obras: piedra por piedra. Rauschenberg lo hace caja por caja y le gusta jugar con esta observación de un trabajo que pueda llegar a ser mítico.
Las playas de Tel-Aviv y Caesarea, así como su estadía en la India, influyen para sus trabajos de Made in Israel, Hoarfrosts y Jammers. La trasnparencia encabeza el concepto de belleza y elegancia que en las anteriores series Rauschenberg habría dejado a un lado.
El artista toma seda, chifón, bambú, colores brillantes y no se avergüenza al hacerlo. Su estancia en Oriente próximo en la última fase de sus viajes intensivos (1975-1976) demuestra el cambio provocado en la liberación de estereotipos y rendición frente al carácter puro del viaje, pensado en el viento, en la casualidad y en lo profanamente divino. La superficie de la serie lo dice sin tener más que dos dimensiones de vuelta, de vuelta al principio, sin haber abandonado su conexión con el mundo. La fundamental relevancia de su trabajo se encuentra así en la deconstrucción del egocentrismo y autonomía de un arte que habría estado aislado durante el término de la posguerra.
La conjugación de “basura”, como fueron todos los materiales que recogió para su obra general, no dejó, a pesar de su intención de ser amable con el público, de escandalizar de la misma manera que lo hicieron los expresionistas con su rechazo al mundo y su “arte por el arte”. Decía: “La gente tiene que confrontarse con el arte y el arte recordarle a la gente algo de la vida. De alguna u otra manera, ellos no lo quieren ver así”.