Una amiga que vive en Nueva York me decía hace poco que a ella no le molestaría que la temperatura de la Tierra subiera en dos grados centígrados porque le daba mucho frío en invierno. Dos grados es considerado por los científicos como el máximo incremento en la temperatura que nuestro planeta podría resistir antes de entrar a un estado de franca degeneración ecológica.
Los gobiernos del mundo saben que el calentamiento global es la mayor amenaza a su existencia que ha enfrentado la humanidad, pero a nivel del ciudadano común, no son muchas las personas que entienden que este es un asunto de vida o muerte. Como consecuencia, a la hora de decidir las legislaciones medioambientales en el mundo, la presión ciudadana luce tímida ante la poderosa influencia de los agentes económicos que dependen del alto consumo energético.
El fenómeno y su percepción
Según Al Gore, en su filme Una verdad incómoda, el conglomerado industrial de EE.UU., a través de sus agencias de relaciones públicas y medios, ha logrado crear en el público la sensación de que no es tan cierto que el calentamiento global lo hemos causado nosotros, o que no es posible parar el calentamiento global o, como cree mi amiga de Nueva York, que no es tan grave que el planeta se caliente.
El filme enseña un memorando interno de una de estas agencias que reza “La duda es nuestro producto, y la mejor manera de crear una controversia en el público”. Hace poco la revista Mother Jones denunció que Exxon-Mobil ha destinado más de $ 8 millones para financiar a científicos y periodistas dispuestos a cuestionar el problema. Existe una inmoral y hasta ahora exitosa estrategia de medios para evitar que la presión pública logre que los gobiernos fijen regulaciones que puedan afectar las utilidades de ciertos sectores económicos.
Lo que ha ocurrido en los últimos meses es que el cumplimiento puntual de los pronósticos con más y peores huracanes, temporales, sequías y derretimiento de los glaciares, han demostrado aún a los más escépticos que sus contrincantes tenían razón. En consecuencia, los grandes medios de comunicación del mundo, que siempre evitaron el tema para no entrar en controversias, hoy ya hablan abiertamente del problema. Gracias a esto (y a la proliferación de medios alternativos en internet), la población está empezando a comprender que éste es un problema para todos y no sólo para ecologistas.
Predicciones para el futuro
Desde la revolución industrial, nuestras máquinas no han parado de lanzar emisiones de carbono a la atmósfera, que no es más que una finísima capa de gas adherida por la gravedad a nuestro planeta. El carbono tiene la propiedad de mantener la energía solar, lo que produce calor. Antes de la revolución industrial, en la atmósfera había 270 partes por millón de carbono.
En 1960 ese indicador había subido a 313. Hoy, con tantas máquinas y cada vez menos árboles, hemos llegado a 385, un nivel sin precedentes en la historia del planeta. Se calcula que pasar el umbral de las 450 partes por millón ocasionaría un calentamiento de dos grados centígrados, lo suficiente para derretir grandes capas de hielo en los polos. Esto causaría una elevación en el nivel del mar que dejaría bajo el agua muchas zonas costeras, además de desencadenar una serie de terribles eventos climatológicos. No estamos hablando de la opinión de ciertos científicos sino de pronósticos basados en ciencia metereológica cuyas primeras predicciones ya se están cumpliendo. Por eso, el umbral de los 450 es considerado un punto de no retorno.
¿Soluciones?
El escenario deseable para el punto de transición que nos ha tocado vivir es que los gobiernos de los países industrializados (especialmente EE.UU.) empiecen a sentirse presionados por unos electores mejor informados y fijen regulaciones que limiten las emisiones de la industria. Y en Latinoamérica, que asumamos nuestra contribución combatiendo en serio la deforestación.
Y que la población mundial empiece a cuestionar seriamente el desarrollismo depredador y el consumismo que nos ha llevado a este punto. Es tan rentable explotar el planeta que siempre las autoridades van a recibir presiones para dejar las cosas como están. La única forma de compensar esa presión es que la ciudadanía se haga escuchar. En este punto, el futuro del planeta depende de que la gente se informe a tiempo.
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