Este disco, que mezclaba la música de The Beatles para las interpretaciones escénicas del famoso Cirque du Soleil, fue realizado por el legendario productor del cuarteto de Liverpool, George Martin, quien subía a paso lento al expectante podio.
Mientras tanto, Ringo Starr corría como liebre acelerada hacia la glorificación televisiva. El recordado y talentoso baterista de la mítica banda inglesa agradeció por esa distinción y entregó la codiciada estatuilla a Martin. Obviamente, Starr no quiso robarse el premio o insinuar que la mayoría de las composiciones beatleesques fueron de su autoría; solo quería un poco de ese reflector levanta ego. Para Ringo no bastó con haber sido el baterista de la banda más famosa del mundo, para obtener el respeto que quizá merece.
Si no existiera una organización que hiciera uso de las siglas F.B.I., Ringo y otros bateristas hubiesen ingresado a la Fundación para Bateristas Incomprendidos. Y es que no es fácil ser el hombre del fondo. Y aunque algunos de estos percusionistas del rock han trascendido de la burla a la gloria como Phill Collins (Génesis), o de la timidez de las bambalinas hacia el protagonismo generacional como Dave Grohl (baterista de Nirvana y ahora líder de Foo Fighters), los bateristas sufren de un estereotipo que raya en una importancia casi nula.
Luego de sufrir un accidente de tránsito, Rick Allen, baterista de Def Leppard, sufrió la amputación de un brazo. Su perseverancia y conocimiento técnico de la batería lo llevaron a sobrellevar su discapacidad y ayudó a idear un sistema de pedales que le permitirían suplir la falta de su extremidad. A pesar de ser un ejemplo viviente de fe y determinación, luego del inverosímil éxito de su banda con el álbum Hysteria, Allen parece más una atracción de medio tiempo que un ente de admiración.
A Álex González, del grupo Maná, ni siquiera se lo culpa de apoyar la monotonía de las composiciones de la banda mexicana por más de una década, sino que se lo critica cuando vuela por casi diez minutos en un solo de batería durante sus conciertos, los espectadores se aburren en vez de aclamar en euforia una maestría que pocos pueden alcanzar.
Y la lista de incomprendidos sigue: a Charly Alberti le preguntan por Gustavo Cerati, a Stewart Copeland por Sting, a Nick Mason por Roger Waters y a Tico Torres por el tatuaje de Superman de Jon Bon Jovi.
Mientras mujeres como Karen Carpenter, Sheilia E (tocaba junto con Prince) y Meg White (The White Stripes) han sacado la cara en el lado oscuro del escenario, los bateristas han tratado de salir del fondo para redimirse, cayendo en las mismas tentaciones que sus compañeros de grupo. Charlie Watts, de los Rolling Stones, pasó mucho tiempo sumergido en adicciones que casi destrozan a su familia. Jimmy Chamberlin, de The Smashing Pumpkins, fue despedido de la agrupación debido a que su vida de roquero semigótico estaba acabando con su salud.
También está Bill Berry, ex baterista de R.E.M., quien dejó la banda luego de sufrir un aneurisma durante una de las giras de la agrupación. Se mudó junto con su familia a una granja lejos del bullicio de la ciudad y de la música. Los críticos especializados y fanáticos en general afirman que ningún disco de la banda volvió a ser el mismo, porque Berry brindaba mucho más que solo el sonido de las baquetas sobre los platos y bombos.
Es que los bateristas terminan siendo como cualquier otro integrante de una banda, igual de importantes y propensos a cometer una locura. Son aquellos que guían al resto y marcan el ritmo, quienes llevan a sus compañeros de la nada hacia un dramático final donde los platos retumban la vida que entra en cada uno de los golpes que producen los bateristas.
Ringo no debería sentirse tan mal, al fin y al cabo, está casado con Bárbara Bach y, gracias a Dios… no es Pete Best, primer baterista de The Beatles a quien supuestamente despidieron por no usar chaqueta de cuero y rehusarse a consumir drogas.
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