Para Julio Guerrero, un armador de barcos de 36 años, la escena pasa casi inadvertida. Está habituado a sentir esa brisa porque es parte de su ambiente de trabajo.En el varadero El Águila, situado al pie del Guayas, junto al exclusivo Puerto Santa Ana, los armadores trabajan a diario con el río, su corriente, su viento y sus aguas. Por ellas llegan las embarcaciones que necesitan reparación y por ellas se van los yates o los barcos que fueron armados tras meses de duras jornadas.
Don Julio lleva 21 años en su labor. Empezó desde que era un adolescente ayudando a su padre, Ángel Guerrero, en las tareas de ensamblar una embarcación. Con él aprendió de todo un poco, desde soldadura hasta pintura y ebanistería. “Se arman las estructuras, la quilla, que es la parte central del barco, y las cuadernas, que son como el esqueleto”, cuenta el hombre mientras mira pasar los lechuguines y una que otra canoa en actividad de pesca.
“El río tiene mucha actividad y manda lo fresco, pero a veces el ruido de las máquinas no deja escuchar a los pájaros que vuelan cerca”, confiesa.
Esa tarde, los armadores reparan la gabarra Neptuno, que lleva agua y carga hasta las camaroneras cercanas. Están en las tareas de pintura y no hay máquinas encendidas, por eso es posible oír las aves y el agua que tropieza con los maderos por los cuales las embarcaciones suben hasta tierra. Los maderos forman rieles por los cuales –ayudados con cuerdas– los barcos entran y salen del río.
En el varadero, que pronto dejará de funcionar por la expansión de los proyectos urbanísticos cercanos, se han armado los lujosos yates y los catamaranes (embarcaciones de vela, de dos cascos unidos) que se usan para turismo en las islas Galápagos; recientemente se armó un barco para el Parque Nacional Galápagos.
La tarea puede durar de ocho meses a un año. Cuando el barco está listo sale navegando por el Guayas con la guía de un práctico, llega hasta el golfo y toma su ruta.
Esa es una de las satisfacciones que le deja su trabajo al pie del río: tener la corriente de su lado, recibir las bondades de su entorno y ver navegar lo que empezó como una estructura de madera.
La corriente del Guayas nos lleva al sur. A las calles Venezuela y Eloy Alfaro. Allí, en medio de la efervescencia de fábricas cercanas y del claxon de los articulados de la Metrovía, el río aparece imponente como una puerta trasera de la ciudad, una puerta para escapar del ruido y el esmog.
El bullicio de Guayaquil no se siente en ese rincón bañado por el Guayas. En el astillero Barcelona solo se percibe el olor a pescado fresco y a conchas recién salidas.
Las embarcaciones Ivette y Juan Carlos acaban de llegar esa semana con sus redes de pesca intactas, para un mantenimiento rutinario. Su casco se ha deteriorado por el tiempo y ahora deben esperar un mes hasta que se cambien cada uno de los tablones que lo forman.
Los hermanos Édison y Marcelo Panchana están a cargo de ese trabajo. No es complicado, dicen, aunque deben usar sierras para desprender la madera desgastada por el agua en alta mar.
Ellos laboran desde hace quince años en el sitio y no cambiarían ese trabajo porque “no hay como esta tranquilidad”, dice Édison.
Se refiere no solo a la brisa que corre mientras laboran, también a la oportunidad de probar a diario sus aguas. Cuando su jornada termina, ellos se arman de detergente y una estopa de coco (que se usa antes de poner la masilla en los barcos) y se dirigen hasta la orilla del río para quitar la suciedad del día de sus manos y cuerpos.
Sentados en uno de los troncos que sirven de riel, empiezan el ritual de restregar una y otra vez la piel hasta que la última mancha desaparezca. Un pescador que avanza en su canoa y lanza la red al río los observa con familiaridad. Sonríe al verlos y sigue a la espera de un pez gordo.
“...Esto es de todos los días, se tira el trasmallo para coger corvina, róbalo, bagre”, dice Eleodoro Delgado, un manabita de 67 años que se ha especializado como carpintero naval. Llegó hace 30 a Guayaquil a trabajar como oficial y ayudante, ahora es el maestro de la obra. “Siempre trabajé al pie del río, antes estuve en un astillero atrás de la Güitig y la cervecería, donde pasábamos y nos daban a probar una cerveza de pura cebada”.
La corriente y las oportunidades lo llevaron luego al sur, al igual que otros armadores que se ubican en los astilleros de la calle Bolivia, de la av. Domingo Comín y del sector del Guasmo sur.
Ahora, coinciden estos trabajadores del Guayas, el crecimiento de la ciudad ha volcado la actividad hacia Durán, donde los varaderos se han convertido en grandes talleres de reparación de barcos. Pero el cambio no los atrae. Laborar al pie del río, sentir su tranquilidad y mirar la vegetación de la Santay constituyen un fresco “chapuzón” del que quieren seguir disfrutando cada día.
He pasado años al pie del río Guayas y esto es de todos los días: las embarcaciones llevan carga a las camaroneras, el Morgan pasa con turistas y los pescadores tiran el trasmallo y navegan hacia el sur para coger alguna corvina.”
Eleodoro Delgado.