domingo 06 de julio del 2008 Columnistas

Oposición

Varios conocidos míos opinan que la mayor ventaja de Rafael Correa es que la oposición no existe. Creo exactamente lo contrario; la oposición sí existe, pero en muchas situaciones actúa como la mejor aliada del Presidente.

Veamos. Uno de los golpes más duros que recibió Correa desde que inició su gestión fue la renuncia del ex presidente de la Asamblea Constituyente. Por más que Alberto Acosta quiso suavizar el golpe, a Correa todavía le duele; no por su “amigo” –cuya suerte política por lo visto le importa un pito–, sino por el montón de puntos que perdió en las encuestas esos días. Pero la oposición hizo lo suyo. A los pocos días la minoría montó en Montecristi un show con viudas y ataúdes, y sor Rosanna Queirolo se entusiasmó en su papel de defensora de la moral y las buenas costumbres. En pocos días el Gobierno, fortalecido por estas ridiculeces, recuperó buena parte del terreno que había perdido.

Ahora Correa se está metiendo un nuevo autogol de media cancha con su respuesta inmadura ante el rescate de Íngrid Betancourt, pero las huestes oficiales están tranquilas. Confían en que ya vendrá la oposición a arreglar las cosas; y tienen razón, porque a las pocas horas apareció Vicente Arroba Ditto a reclamar por la inseguridad y Jaime Nebot le hizo el juego.

Arroba Ditto es concejal de Guayaquil. Durante años se negó a reconocer que la inseguridad era un problema. Cuando se produjo la masacre de la farmacia Fybeca, acusó a la prensa seria de “desacreditar” a la Policía. Cuando se demostró que la policía privada que el Municipio contrató no servía para nada, acusó a los críticos de “irresponsables”. Y por su radio han pasado los peores delincuentes disfrazados de periodistas. ¿Cómo pudo el Alcalde de Guayaquil olvidar todo eso? Todavía nos deben una respuesta.

El mayor error de la oposición es haber puesto en el centro del debate cualquier cosa, las autonomías, la seguridad en Guayaquil, las rentas de la ciudad, pero no lo que verdaderamente importa, es decir el peligro de que nos quedemos sin democracia. Porque eso es lo que estamos a punto de perder. No los fondos para pavimentar una calle de nuestra querida ciudad, sino el derecho a escoger y disentir. La casa de la democracia se está hundiendo en medio de un terremoto pavoroso, pero algunos guayaquileños, en lugar de dar el alerta a toda la familia ecuatoriana, se preocupan solo por el florero celeste y blanco de su cuarto. El Ecuador avanza hacia un régimen totalitario que acabará con todas las libertades –como el mismo Alberto Acosta ya lo advirtió– pero esos guayaquileños creen que todo se solucionará gritando que “Guayaquil no se ahueva”. ¿Y Ecuador sí?

El objetivo de la cúpula de Alianza PAIS no es acabar con Guayaquil, entendámoslo de una vez, sino con los fundamentos de esta democracia retaceada e incompleta, que no nos satisface, pero que siempre será mejor que la dictadura de un hombre que no respeta ni siquiera a su propia gente.

¿Qué nos toca en esas circunstancias? ¿Vestirnos de luto, llorar de la mano de sor Rosanna Queirolo y pegar stickers celeste y blanco en los autos?, ¿o unir a todos los ecuatorianos, quiteños, cuencanos, manabitas y demás, para impedir que el barco de las libertades civiles se hunda?
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