Lo vimos en los noticiarios de televisión y lo volvimos a ver en la cadena a través de la cual el Gobierno informa al pueblo sus ejecutorias: el Presidente llegó a Esmeraldas y acudió a uno de esos tugurios infames e infamantes en que el Estado mantiene hacinados a los presos. Allí, combo en mano, derribó una diminuta, pestífera celda de castigo, bautizada con cruda propiedad como infiernillo, en que las autoridades recluían a los presos más rebeldes, para que, en sórdida penumbra, sin aire, sin agua y en medio de sus excrementos, se “amansaran”. Esa acción, se dijo, era una prueba de que la transformación del sistema penitenciario había comenzado, a pesar de que lo mismo se aseguró cuando se lo declaró en emergencia, hace un largo año y medio de inercia somnoliente.
Después, la prensa, tan malévola siempre, reveló algo que nos sumió a todos en un infiernillo de estupor: la escena del derrocamiento no fue más que un montaje truculento, pues el tal infiernillo ya había sido demolido tiempo atrás. Sin embargo, antes de que el Presidente llegara fue reconstruido al apuro para que él, teatralmente, pudiera cumplir su rol vindicativo contra la tortura. Así, con su máscara de justo, el Presidente hizo su aparición en la escena para derruir lo derruido y dar la idea de que aquello correspondía a un hecho real, cuando no era más que una ficción, una puesta en escena a través de la cual se pretendía hacer pasar por cierto un hecho falso.
Pero hay más: esa misma prensa, tan perversa como infame, reveló también que los presos que malviven en esa cárcel de Esmeraldas apenas disponen de unas cuantas gotas de agua, porque esta llega un día sí y otro no. Sin embargo, para que este Presidente justo y justiciero no tuviera que soportar los olores viejamente acumulados en esos cuerpos enfermos y mal nutridos, arribaron al presidio algunos tanqueros y, con ellos, la posibilidad de un baño tan cruelmente postergado. También a los desnudos se les suministró alguna prenda con que pudieran cubrir sus huesos descarnados y disimular sus heridas y sus pústulas.
Cuentan que cuando Catalina la Grande salía a recorrer sus dominios, un enjambre de tramoyistas se adelantaba para, a su paso por cada pueblo, instalar una enorme escenografía que tapaba las lúgubres covachas de los campesinos, a algunos de los cuales se les dotaba, además, de vestidos que reemplazaban a sus sayos deshilachados, y de zapatos para sus pies desnudos; bien ataviados, se los situaba en primera fila para que lanzaran vivas a la emperatriz al paso de su carroza, y así ella pudiera convencerse de las idílicas condiciones en que vivía su pueblo.
Los trucos, los embustes de la historia terminan, tarde o temprano, por revelarse, aunque sus protagonistas hayan continuado, como Catalina, recorriendo en carroza un país inventado o, como el presidente Correa, marchando por el siglo XXI mientras derruye infiernillos de mentirijillas a nombre de una revolución que cada vez se parece más al primer acto de un vulgar sainete o al tercero de una torpe astracanada.