Quienes viven en el Barrio del Centenario desde los años 30, aún evocan las reuniones y paseos a caballo.
En aquellos veranos de 1940 y 1950 el paseo a caballo en potreros ubicados junto a elegantes chalés, era uno de los episodios que más protagonizaban quienes vivían los albores de la adolescencia en el Barrio del Centenario, y que hoy relatan historias de un Guayaquil en la época en la que celebraba sus 100 años de Independencia.
Al menos así lo fue para Rafaela Ycaza de Roldós, una de las últimas fundadoras que aún vive en la urbanización, vista como una de las más tradicionales de la ciudad por ser en 1920 la primera en ofrecer lotes con todos los servicios básicos y en donde se asentaron las familias más pudientes de la urbe.
“Salíamos a recorrer a caballo con mis vecinos de infancia que provenían de las familias Jiménez Orrantia, López Baque y otros amigos que teníamos. Las calles no estaban pavimentadas; era como una gran hacienda”, expresa nostálgica.
Y así lo era, pues previo a la construcción de las casas, que se caracterizaban por tener de dos a tres plantas con un antejardín, los terrenos del barrio pertenecían a los herederos Robles Chambers.
Estos, según el libro Guía Histórica de Guayaquil, de Julio Estrada Ycaza, vendieron en 1915 sus derechos sobre un lote de terrenos de la hacienda La Esperanza a Rafael Guerrero Martínez, quien luego en 1930 junto a Juan Aguirre Oramas inician la creación del barrio.
Más predios se añaden al entonces proyecto inmobiliario cuando en 1916 Eufemia Vivero viuda de Chambers, Francisca e Inés Chambers Vivero también entregan sus partes de terrenos a Guerrero Martínez.
Un año después lo hace la Sociedad Jockey Club, antigua administradora de un hipódromo ubicado por la calle Guaranda.
En medio de estos cambios Rafaela Ycaza recuerda que antes del auge inmobialiario en la zona, que por los años 30 contaba con ocho edificaciones, levantadas por la empresa Barrio del Centenario, establecida por Guerrero Martínez y Aguirre Oramas, ya estaba la iglesia María Auxiliadora.
Comenta que la familia Chambers donó una parte de sus predios a los padres salesianos que recién iniciaban su labor en el país. “La iglesia era de madera, luego la hicieron de cemento. La familia Chambers también dio una cruz como muestra de devoción”, dice.
El surgimiento del Barrio del Centenario marcó el inicio del Guayaquil moderno que emergió luego de grandes incendios a finales del siglo XVIII e inicios del siguiente, afirma Willington Paredes, investigador del Archivo Histórico.
Explica que antes de la aparición del barrio, cuyo nombre (Centenario) lo debe a la celebración del primer siglo de independencia en esa época, las familias de clase alta se asentaban en el centro de la urbe; los de estrato popular lo hacían en las periferias.
“La gente (de aquella época) conocía al Barrio del Centenario como el barrio de los del ‘Gran Cacao’. ‘Gran Cacao’ hace relación a dueños de grandes comercios, a sus hijos; a toda persona vinculada a la producción y comercialización del cacao y de la banca, que antes vivía en el centro y luego en el Centenario”, refiere Paredes.
Mientras Rafaela Ycaza intenta traer a su memoria el nombre de otros personajes que han vivido en el barrio como Eduardo López Proaño, Francisco Jiménez Orrantia, George Capwell, Teodoro Alvarado Olea, entre otros, expresa con nostalgia que a pesar de los cambios con la regeneración urbana, que promueve el Municipio desde el 2003, mantiene en su mente la imagen del antiguo Centenario. Lo dice porque ha puesto en venta su casa para adquirir un departamento en el norte.
Esta decisión la comparten otros propietarios que han ubicado letreros con las leyendas: se vende o se alquila. La mayoría lo hace para comprar una casa acorde a las nuevas tendencias inmobiliarias en Samborondón y en otras áreas.
La oferta de los bienes oscila entre los $ 60 mil y $ 80 mil, dependiendo del tipo de vivienda. A pesar de la migración de sus moradores la plusvalía ha aumentado ubicándose entre los 150 y 200 dólares el valor del metro cuadrado.
El Centenario moderno se muestra atractivo a nuevos residentes que llegan al lugar para reformar la fachada de las antiguas casas, de las cuales 51 son consideradas patrimoniales.