A pesar del costo y el esfuerzo ocasional para su espalda, Mary Burnham, asesora de relaciones públicas de San Francisco, se sentía satisfecha porque decidió, hace unos años, que siempre compraría leche (orgánica, por supuesto) envasada en botellas de vidrio reutilizables. Por el bien del medio ambiente, las cargaba diligentemente desde el supermercado y de vuelta a él todas las semanas.
Pensaba que dejar de usar cajas de cartón desechables salvaría árboles y reduciría los residuos.
O no. Un amigo, también comprometido con el medio ambiente, cuestiona su buena obra. “Su argumento es que las cajas de cartón son convertibles en compost, son ligeras y gastan menos energía y agua que las botellas, que hay que transportar de regreso a la planta para su limpieza y reutilización”, explica Burnham. “No tengo ni idea de qué es mejor ni cómo averiguarlo”.
Burnham, de 35 años, recicla, encarga alimentos de una granja sostenida por la comunidad, compra productos de limpieza ecológicos y lleva las compras en una bolsa de tela. Reconoce que hay una sobrecarga de información medioambiental y muchas de las recomendaciones son contradictorias.
“Decir que te sientes confundida y un poco harta de los mensajes, a menudo contradictorios, que recibes sobre cómo vivir sin causar daño al planeta, sin duda está mal visto”, escribe en un correo electrónico. “Pero voy a atreverme a decirlo. Estoy un poco abrumada”.
Ella es, en otras palabras, una víctima del “ruido verde”, producido por la información apremiante, a veces molesta o incluso contradictoria que se difunde a un volumen demasiado alto durante mucho tiempo.
Dos años después de que Una verdad incómoda de Al Gore contribuyese a desencadenar una nueva oleada de activismo ecológico, el ruido verde bombardea la conciencia colectiva desde todas las direcciones. Los medios publican reportajes alarmantes sobre osos polares que desaparecen; las páginas web muestran a Brad Pitt llegando al estreno de una película en su BMW propulsado por hidrógeno; las estanterías de las librerías están abarrotadas de títulos como 50 cosas sencillas que puede hacer para salvar la Tierra; las tiendas venden champú enriquecido con cáñamo y tampones de algodón 100% orgánico.
Eddie Stern, de 38 años, responsable de estrategias de medios de Durango, Colorado, dice que se volvió loco tratando de comprar un coche debido a la “sobrecarga de información”. Cada nueva averiguación parecía contradecir la anterior.
Algunos especialistas en medio ambiente temen que la opinión pública empiece a hacer caso omiso de su mensaje antes de que se pueda conseguir algún cambio significativo. “Estamos preocupados”, dice Carl Pope, director ejecutivo del Sierra Club. “Entendemos que el ambiente en los medios de comunicación está saturado y la sobrecarga de mensajes está a la orden del día”.
En cierto modo, que la toma de conciencia sobre el calentamiento global haya aumentado demuestra que las campañas tuvieron éxito, señala Chip Giller, el fundador de grist.org, una página de información medioambiental.
Con ese éxito, llegó un torrente de productos verdes para el comercio. Pope culpa a esos reclamos ecológicos, lanzados a todo volumen y no siempre probados, de generar gran parte del ruido verde.
Sin embargo, hay voces que opinan que los activistas y las organizaciones sin fines de lucro deben cargar también con su parte de responsabilidad por bombardear a los ciudadanos con sus mensajes.