- JUL. 06, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
El ex publicano San Mateo, de quien hoy se toma el evangelio de la Misa, suele ser notablemente sobrio en sus relatos. Y por eso se limita al presentarnos a Jesús agradeciendo, a decir escuetamente: “en aquel tiempo, Jesús exclamó”.
Sin embargo, San Lucas, al transmitirnos esta misma acción de gracias, nos informa de los sentimientos de Jesús: “en aquel mismo momento –dice el texto paralelo– se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo”.
Este júbilo del Hombre-Dios debe ser tenido en cuenta, porque humanamente hablando, lo que mueve al hombre-Dios al agradecimiento, no parece un verdadero bien.
En efecto. Dice nuestro Salvador: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!”
Humanamente hablando, me parece, no hay nadie que disfrute con el hecho de que no le entiendan los expertos. Pero al maestro Jesús, como desea únicamente complacer al Padre Celestial, todo por Él dispuesto le parece inmejorable.
Lo dispuesto del Padre, según se ha recordado, es que solo los sencillos –los humildes– puedan recibir el evangelio. Y que en cambio, los superpotentes –los soberbios– no entiendan nada de nada.
Hasta cierto punto, este no entender es algo comprensible. Porque el hombre o la mujer soberbios todo lo deforman y manipulan en beneficio propio.
Su memoria para los aplausos recibidos es inmejorable. Y lo mismo para los agravios padecidos. Mas para los silbidos, para los abucheos, para las veces en que fue el hazmerreír de todos, la persona que se instala en soberbia tiene cero memoria. No quiere en absoluto recordar estos momentos de su historia.
Es muy mala la soberbia. Nos ciega gravemente. Y por eso los misterios de la fe, las verdades que nos hacen fuertes y felices, al soberbio o la soberbia no le alumbran.
Y entonces ¿cómo logrará el soberbio conocerse y entender lo que el Señor revela? O mejor ¿cómo usted y yo seremos menos soberbios?
Nos lo dice Jesucristo también hoy: “Vengan a mí todos los fatigados y agobiados, y yo les aliviaré. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.