Todo comenzó en 1998 con un acto burocrático de rutina, una decisión tomada por el Departamento de Transporte de la Ciudad de Nueva York de poner un par de letreros de metal rojo y blanco en la sección este del Barrio Chino, en una cuadra desolada a la sombra del puente de Manhattan.
Los letreros llevaban el enigmático mensaje “Área de parada temporal de autobuses”, y permitían que camiones interestatales privados aguardaran brevemente junto a la parada. Para finales de ese año, 2 o 3 autobuses con rutas del Barrio Chino al Barrio Chino habían adoptado el lugar como su base de operaciones, para subir y bajar pasajeros antes de salir hacia Washington, Boston y lugares más lejanos.
Cuando aumentó la popularidad de los autobuses, sus cantidades crecieron, y para 2002 tres compañías competían por la pequeña cuadra. El dueño de una contrató a varias mujeres para que vendieran boletos en la parada, y los competidores siguieron su ejemplo. Las disputas entre vendedoras rivales se volvieron frecuentes.
Todos los días, cientos de personas llegaban a la cuadra. Para aprovechar el aumento del tránsito peatonal, los dueños de negocios locales comenzaron a vender bocadillos. Otros vendían cigarros baratos.
En sólo unos años, una economía vibrante, competitiva y en gran medida autónoma se materializó alrededor de la parada de autobús, o bah-see zhan, empleando a unas 200 personas, vinculadas por una complicada red de alianzas, dependencias y disputas.
La parada de autobús representaba diferentes cosas. Para algunos pasajeros, como los estudiantes universitarios, era un lugar donde comenzar un viaje barato a Filadelfia, Washington u otros lugares de la costa este. Para muchos inmigrantes chinos, entre ellos los que viajaban a empleos fuera de la ciudad, la parada del autobús era, escencialmente, el centro geográfico del país.
Y para los inmigrantes que formaban la economía bah-see zhan, era un hervidero de ambiciones, creatividad y riñas —Nueva York reducida a sus elementos esenciales.
E n marzo de 2007, en un esfuerzo por imponer el orden, los policías propusieron eliminar los autobuses del corazón del barrio. Durante los meses siguientes, mientras el consejo comunitario local realizaba audiencias públicas, el barrio observaba con atención. El debate parecía tener que ver con todos los problemas eternos del Barrio Chino: crimen, contaminación, hacinamiento y, sobre todo, desesperación económica. En julio, el consejo comunitario votó por aplazar su respuesta, y no se han tomado medidas adicionales.
Sin embargo, muchos temen que la parada sea desmantelada, y si así sucede, la ciudad habrá perdido una comunidad que, en una sola cuadra, captura la experiencia del inmigrante tanto en sus aspectos más inquietantes como en los más inspiradores.
“Éste es un ejemplo de iniciativa de inmigrantes emprendedores que ha trascendido a la comunidad inmigrante”, afirmó el concejal John Liu. “Sin embargo, como suele suceder en Nueva York, el crecimiento debe ser reconocido y manejado; o quedamos con otra situación estilo viejo oeste”.
En un lugar bajo tanta presión, quizá era inevitable que la competencia de los autobuses se tornara violenta.
En 2002, Zheng Shui Ming llegó un día al trabajo y encontró una hilera de patrullas que esperaban en la calle. Zheng, propietario de Eastern Travel and Tour, fue arrestado y detenido durante casi 24 horas.
Chen De Jian, operador de una compañía de autobuses rival, había atropellado con uno de los vehículos de Zheng a un hombre afiliado a una tercera compañía y le había fracturado la pelvis. Antes de que se pudiera resolver el caso, Chen apareció muerto con tres heridas de bala en la espalda. Su muerte fue parte de una racha de confrontaciones.
La violencia no sólo reflejó una creciente competencia sino también una pobreza cada vez más seria.