Poco después de que las fuerzas estadounidenses derrocaran a Saddam Hussein, en 2003, el general Tommy R. Franks sorprendió a los oficiales de alto rango del Ejército al reestructurar el comando militar, en Bagdad.
La decisión reflejó la suposición de Franks, máximo comandante estadounidense en la invasión de Iraq, de que los combates importantes habían terminado. Sin embargo, de acuerdo con un informe del Ejército, publicado el 30 de junio, la medida dejó al esfuerzo militar en manos de un cuartel con escasez de personal, encabezado por un general de 3 estrellas recién ascendido, y se realizó por encima de las objeciones del subjefe del estado mayor del Ejército.
“La medida fue repentina y tomó desprevenida a la mayoría de los comandantes de alto nivel en Iraq”, afirma el texto.
También que el estado mayor para el nuevo cuartel no estaba “configurado para el tipo de responsabilidades que recibió”.
La ocupación estadounidense de Iraq ha sido el tema de numerosos libros, estudios y memorias. Sin embargo, el Ejército entra al debate con su relato de casi 700 páginas: On point II: transition to the new campaign (En el punto II: transición a la nueva campaña).
El estudio no clasificado, segundo volumen en una historia continua del conflicto de Iraq, es un intento, por parte del Ejército, de contarles a expertos militares, y a sí mismo, el relato de uno de los períodos más conflictivos en su historia.
El reporte On Point lleva la aprobación del Centro de Armas Combinadas del Ejército, en Fort Leavenworth, Kansas.
El estudio está basado en 200 entrevistas realizadas por historiadores militares e incluye citas de oficiales activos o recién jubilados.
Se ordenó a los autores del estudio no rehuir a la controversia mientras se abstenían de brindar un veredicto final respecto a si oficiales de alto nivel habían cometido errores que alteraron el curso de la guerra, declaró el Coronel Timothy R. Reese, director del Instituto de Estudios de Combate en Fort Leavenworth, que, junto con Donald Wright, historiador civil en el instituto, supervisó la preparación del volumen.
No obstante, el estudio documenta un número de problemas en la Fase IV, como se le llamó a la etapa de la posguerra.
“El Ejército, como servicio responsable principalmente de las operaciones terrestres, debió insistir en perfeccionar la planeación y los preparativos de la Fase IV”, señala el estudio. “Los medios militares fueron suficientes para destruir al régimen de Saddam; no para reemplazarlo con el tipo de nación-estado que Estados Unidos quería ver en su lugar”.
El reporte concentra los 18 meses después del anuncio, en mayo del 2003, del Presidente Bush de que las principales operaciones en Iraq habían finalizado. El Ejército asumió deberes de ocupación imprevistos.
Un gran problema, dice el estudio, fue la falta de planes para la fase de posguerra, lo cual reflejó el optimismo general en la Casa Blanca y el Pentágono, encabezado por Donald H. Rumsfeld, entonces Secretario de Defensa, sobre el futuro de Iraq, y una suposición de que las dependencias civiles asumirían gran parte de la carga.
Ante una insurgencia en gestación y deberes de ocupación no anticipados, las unidades del Ejército tuvieron que adaptarse. Sin embargo, decisiones organizacionales en mayo y junio de 2003 complicaron esa tarea.
L. Paul Bremer III, principal administrador civil en Iraq, expidió decretos para dispersar al Ejército iraquí y prohibir a miles de ex miembros del Partido Baath a trabajar para el Gobierno, órdenes que, afirma el estudio, tomó “desprevenidos” a los comandantes de campo estadounidenses y, “creó un grupo de árabes sunitas resentidos y desempleados” a los que la insurgencia podía recurrir.
“Hicimos suposiciones erróneas”, declaró el General William S. Wallace, que encabezó al Cuerpo V durante la invasión y dirige al Comando de Doctrina y Entrenamiento del Ejército, “por tanto, teníamos el plan equivocado para poner en práctica”.