Luego de haber abrazado largamente a sus hijos, luego de haberles dado cuantos besos una madre podía dar, luego de haberles dicho cuánto los quiere y especialmente cuánto los extrañaba en esas noches interminables llenas de miedo, cansancio y humedad, luego de contemplarlos y seguirlos contemplando, Íngrid Betancourt decía que ese encuentro con sus hijos fue algo parecido al paraíso. Por supuesto, solo alguien que ha vivido en un infierno sabe lo que es acercarse al paraíso y solo alguien que se ha acercado al paraíso, puede intuir que para alcanzarlo, no basta con tocarle la puerta.
Por eso es que en estos momentos no interesan las especulaciones respecto de las diversas reacciones y estados de ánimo con que los diversos gobernantes latinoamericanos recibieron la liberación de Íngrid Betancourt. No importa que se comente que mientras unos demostraron abiertamente su júbilo ante tan extraordinaria noticia, otros parecían incapaces de exhibir emoción alguna ante su liberación. Claro, el rescate de Íngrid y de los otros rehenes no se dio en el marco del acuerdo humanitario que unos cuantos empujan como única salida posible para la liberación de los secuestrados, sea por propaganda política, sea por convencimiento, sea porque los ilusos nunca pierden el tiempo.
No importa tampoco que ahora se diga que Íngrid Betancourt se ha hecho “uribista” y que será utilizada como un simple peón de política electoral, tampoco que mientras unos ensalcen la acción de inteligencia militar colombiana como una notable demostración de estrategia y valentía, otros especulen sobre el cobro de un millonario rescate por parte de las FARC, circunstancia que habría facilitado tan prodigiosa operación militar. Tampoco importa que el presidente Uribe sea considerado virtualmente como un monarca en Colombia ni tampoco que nuestro Ministro de Defensa lamente que la liberación de Íngrid se haya dado en tales circunstancias, menos aún que la operación se haya denominado Jaque, que Estados Unidos haya o no ayudado con su tecnología o que Íngrid haya pedido respeto para la democracia colombiana de parte de los presidentes de los países vecinos.
Es que el paraíso no tiene adjetivos ni comparativos, no necesita elogios ni definiciones, es simplemente el paraíso. Es abrazar a su madre, es llorar de alegría con sus hijos, es recobrar los suspiros perdidos, es volver a creer en la vida, es saber no llenarse de odio ante sus absurdos captores, es el gozo del reencuentro, es saborear la libertad. Es todo eso que no lo saben sus secuestradores, ni la comandancia de las FARC, ni mucho menos los despistados que siguen creyendo en la ilusión revolucionaria-romántica de la lucha armada colombiana. Gracias a Íngrid, ahora sabemos que el paraíso no tiene nombre y lo más importante, que no necesitamos morir para alcanzarlo.