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Paul Krugman | Opinión internacional
¿Otro Reagan u otro Clinton?
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EE. UU.

En este momento, el ambiente se siente muy parecido al de 1992. También, como el de 1980. Pero, ¿cuál paralelismo está más cercano? ¿Barack Obama será un Ronald Reagan de la izquierda, un presidente que cambie en lo fundamental la dirección del país? ¿O será solo otro Bill Clinton?

Las encuestas de opinión actuales –no las que miden la diferencia entre candidatos, que son notoriamente poco informativas en esta etapa de las campañas, sino las que calibran el ánimo popular– son asombrosamente parecidas a las de 1980 y 1992, años en los que una abrumadora mayoría de estadounidenses estaba insatisfecha con la dirección que tenía el país.

Así es que las posibilidades son que estas sean unas elecciones del “cambio”, lo que significa que, en gran medida, serán las que pueda perder Obama. Sin embargo, si gana, ¿qué tantos cambios podrá hacer?

Reagan, para bien o para mal –yo diría que para mal, pero esa es otra discusión– cambió mucho las cosas. Contendió sin ningún reparo como un conservador, con una agenda ideológica clara. Y tuvo un éxito enorme al implementarla. Tuvo sus fracasos, el más notable fue el de la seguridad social, a la que trató de desmantelar, pero terminó fortaleciéndola. Sin embargo, al final de los años de Reagan, Estados Unidos no era el mismo país que cuando asumió el cargo.

Bill Clinton también contendió como un candidato del cambio, pero fue mucho menos claro el tipo de cambio que estaba haciendo. Se describía a sí mismo como alguien que trascendía la tradicional división entre liberales y conservadores proponiendo “un gobierno que ofrece dar más poder y menos autorización”. El plan económico que anunció durante su campaña fue una especie de mezcolanza: impuestos más altos para los ricos, menores impuestos para la clase media, inversión pública en cosas como ferrocarril de alta velocidad, reforma a la atención de la salud, sin dar detalles.

Todos sabemos lo que pasó después. El gobierno de Clinton tuvo una cantidad de logros significativos, desde la revitalización de la atención médica para los veteranos y la administración federal de emergencias hasta la expansión del crédito impositivo por ingresos y el seguro médico para la infancia. Sin embargo, la película de conjunto se resume en el título del libro nuevo del historiador Sean Wilentz: The Age of Reagan: A History, 1974-2008 (La época de Reagan: una historia, de 1974 a 2008).

Entonces, ¿a quién se parece más Obama? En este momento, definitivamente tiene aspecto clintoniano.

Al igual que Clinton, Obama se describe a sí mismo como alguien que trasciende la división tradicional. Cerca del final del acto de “unidad” de la semana pasada junto con Hillary Clinton, declaró que “la decisión en estas elecciones no es entre la izquierda o la derecha, no es entre liberales o conservadores, es entre el pasado y el futuro”. Está bien.

El plan económico de Obama también se parece en mucho al de Clinton en 1992: una mezcla de impuestos más elevados a los ricos, exenciones fiscales para la clase media e inversión pública (en esta ocasión, el centro está en las energías alternas).

En ocasiones, el parecido entre Clinton y Obama casi asusta. Durante el discurso en el que aceptó la nominación, Clinton se dirigió al público para gritar: “¡Podemos hacerlo!”. ¿Les recuerda algo?

Solo para ser claros, nos puede –y todavía nos podría– ir peor que con una repetición de los años de Clinton. Sin embargo, los partidarios más fervientes de Obama esperan mucho más.

Activistas progresistas, en particular, apoyaron en forma abrumadora a Obama durante las primarias demócratas, aun cuando sus posiciones políticas, en particular sobre atención de la salud, con frecuencia estaban a la derecha de las de sus rivales. En efecto, se convencieron a sí mismos que es un personaje de la transformación detrás de una fachada centrista.

Es posible que lo hayan entendido al revés.

Obama parece aún más centrista ahora que antes de afianzar la nominación. Lo más notable, ha provocado el enojo de muchos progresistas al apoyar una iniciativa de ley sobre la escucha telefónica, que, entre otras cosas, otorga inmunidad a las compañías de telecomunicaciones por actos ilegales que pudieron haber cometido por mandato del gobierno de Bush.

Los defensores del candidato argumentan que solo está siendo pragmático, que necesita hacer lo que sea necesario para ganar, y ganar en grande, para así tener el poder de llevar a cabo un cambio importante. Sin embargo, los críticos argumentan que, al participar en el mismo tipo de “política de triangulación, impulsada por las encuestas de opinión” que denunció durante las primarias, Obama en realidad daña sus posibilidades de ser elegido, porque el electorado prefiere candidatos que asumen posiciones firmes.

En cualquier caso, ¿qué hay después de las elecciones? La comparación entre Reagan y Clinton sugiere que un candidato que contiende con una agenda clara tiene más probabilidades de lograr un cambio fundamental, que el que lo hace con la promesa del cambio, pero sin demasiada claridad en cuanto a qué implicaría.

Claro está que siempre existe la posibilidad de que Obama realmente sea un centrista, después de todo.

Algo sí está claro: para los demócratas, ganar estas elecciones debería ser la parte fácil. Todo va hacia su camino: precios de la gasolina por las nubes, una economía débil y un presidente profundamente impopular. La pregunta real es si va a aprovechar esta oportunidad que solo se da una sola vez en una generación para cambiar la dirección del país. Y eso, depende principalmente de Obama.

© The New York Times
News Service.

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