Evocación de Alberto Muñoz Morán, empresario jubilado guayaquileño.
Cuando era joven y bordeaba los 15 años –ahora tengo 79– al Guayaquil de entonces no llegaban los juegos mecánicos como el Play Land Park de ahora. Apenas por ahí ofrecían funciones el Char Circus, el Venus y otros similares en los alrededores del Mercado Norte.
De ahí que los vuelos eran la distracción de los muchachos, quienes con un real (diez centavos) o una ‘peseta’ (veinte centavos) tenían para gozar por unos diez o quince minutos en estos aparatos. Había los vuelos por el Camal, el Salado, la Quinta Pareja y otro al que yo era asiduo cliente y funcionaba en el patio trasero de una familia Paredes, que vivía en Padre Solano entre Córdova y Baquerizo Moreno.
El vuelo consistía en un robusto madero clavado en tierra y de aproximadamente 1,50 metros de alto; en su parte superior daba cabida a dos tablones cruzados de 1,50 metros de largo por unos 45 centímetros de ancho.
Los extremos de las tablas tenían dos agujeros de las que pendían unas pequeñas hamacas que estaban a unos 45 centímetros del suelo, altura que permitía que los chicos tomaran impulso con los pies. El jugador podía escoger la forma de sentarse: como montan los jinetes o cual si fuera un columpio. Una vez iniciado el juego, todos los muchachos a una sola voz coreaban:
Una que va una /, / dos que van dos/, /tres que van tres/, /marinerito al agua. Se remataba el estribillo con un volantín con el que se trataba de golpear al de adelante. Si se enredaban las cuerdas había el peligro de darse un ‘caramelazo’, es decir, un golpe contra el palo. Otro juego era una especie de diálogo entre las parejas, más o menos así:
- ¿Hay uvas? -Verdes y maduras -¿Hay granas? -Entrar por ellas -¿Y si la perrita me muerde?
-Entrar por la media jarca - ¿Y si la media jarca repinga? -Se te dará un par de motingas.
Luego el volantín y así sucesivamente.