- JUL. 04, 2008 - Foto - Internacionales - EL UNIVERSO
En el cautiverio que sufrieron los liberados ex rehenes de las FARC, la cama era el suelo en sus improvisadas carpas de campaña y cuando no estaban encadenados a árboles desde el cuello, se veían obligados a caminar largo tiempo en busca de nuevos escondites.
Los rehenes liberados narraron que su existencia había empeorado en meses recientes, a medida que las tropas se acercaban y los suministros en la selva se hacían más escasos.
“Desde hace un año los víveres llegan de manera difícil, hay muy escasa variación en la comida, cero frutas, cero verduras”, dijo Íngrid Betancourt, retenida durante seis años.
Los ex rehenes esperaban el almuerzo de arroz, pasta y lenteja. “Quizá por ahí quince veces al año un poco de carne o vegetales... ¿Qué fruta? Eso no se da por allá (en la selva) teníamos frutos silvestres, que ni sé cómo se llaman”, dijo.
Las únicas ropas nuevas que había visto en mucho tiempo fueron un par de jeans que le dieron poco antes del rescate.
Los rehenes mencionaron la crueldad de sus captores, pero ofrecieron pocos detalles. “No es el trato que uno le da a un ser viviente, para no decir a un ser humano... Yo no lo hubiera dado a un animal, quizá ni a una planta. Era simplemente crueldad arbitraria”, narró.
El cabo del ejército William Pérez mencionó que a menudo el peor desafío era el aburrimiento, interrumpido solo por marchas de campamento a campamento. Sus peores recuerdos son estar encadenado por el cuello y obligado a caminar sin botas.
Algunos rehenes vivían con heridas sufridas durante su captura y con enfermedades que no podían tratar. Dos de los estadounidenses estaban infectados con leishmaniasis, que causa lesiones en la piel.
Betancourt recordó que ella sufrió problemas que se acumularon uno tras otro. “Perdí peso, perdí la capacidad de moverme, estaba postrada en mi hamaca, y tenía problemas para beber”. Añadió que Pérez, de 36 años, que hacía de enfermero por sus conocimientos básicos de enfermería, le salvó la vida.
Él trabajó en un hospital militar de Bogotá, fue el ángel de la guardia de sus compañeros de cautiverio.
“Él fue mi enfermero en momentos en que estuve muy mal de salud. A él le quiero hacer un reconocimiento especial porque sino fuera por William, hoy no estaría aquí, fue esencial para mí”, admitió Betancourt, aferrada a la mano del militar.
Pérez, visiblemente enfermo, narró cómo la política se sumió en tal estado de depresión, que sus brazos se inmovilizaron y por momentos perdió el conocimiento. “Ella estaba muy debilitada y tocó colocarle mucho suero, alimentarla con cuidado porque no podía comer, todo lo vomitaba”, señaló.
Yo le ayudaba a subir y a bajar porque no podía ni caminar”, expresó el joven que reveló que pese a que los rebeldes tenían a veces medicamentos, no sabían usarlos. Algunas veces Íngrid me decía que se quería morir porque no veía solución. Estuvo muy enferma. Las pruebas de supervivencia que ustedes vieron y que escandalizaron al mundo, ahí ya ella estaba mejorando, imagínense cómo llegó a estar”, narró el militar.