España ganó la Eurocopa Jugando un fútbol de frac, con goles y bailes, bajando a Italia; aplastando a Rusia; poniendo de rodillas en la final a Alemania.
Ni aviones ni panzers; la final de la Eurocopa 2008 fue monopolio de un grupo de bajitos ortodoxos y prolijos, devotos de la pelota al pie. A puro toque, el fútbol razonado de Xavi, Iniesta, David Silva, Capdevila, consagró a España y le dio el título más resonante de su historia. Ya había saboreado un europeo de selecciones en 1964, en los tiempos de Luis Suárez, aunque sin esta magnificencia. Esta vez el mundo saludó la conquista.
En la ceremonia de premiación, el rey Juan Carlos se despojó del protocolo y saludó a Iker Casillas con un abrazo de cantina, de hermanos reencontrados a los años. Fue el símbolo del festejo y de la espera. Desde los Juegos Olímpicos de 1992 España se ha convertido en una potencia deportiva, con tenistas, golfistas, basquetbolistas de élite; hasta un bicampeón mundial de Fórmula Uno. Sin embargo, llevaba una vida anhelando una victoria así en fútbol. La selección era una suerte de mancha vergonzante. “Juega bien, pero no gana nunca, vamos”, podía ser el resumen de cualquier fanático español.
Esta vez se dio. Y cómo. Jugando un fútbol de frac, con goles y bailes, bajando a Italia, su sombra negra; aplastando a Rusia, la revelación; poniendo de rodillas en la final a Alemania, el cuco eterno. Invicto, doce goles a favor, tres en contra, el artillero de la Copa… Un campeonísimo de aquellos. Millones de españoles abarrotaron las calles celebrando esta Eurocopa. Porque están el triunfo y la forma. El uno genera alegría; la otra, euforia, orgullo.
La Eurocopa de la velocidad y el vértigo terminó rindiéndose al juego en corto, la pausa y la triangulación de estos supuestos antiatletas españoles que eligieron la estética como arma para alcanzar la gloria.
Alguien comentó que finalmente no importó la ausencia en filas ibéricas del goleador del torneo, el lesionado David Villa. Sí importó; con un letal definidor como Villa en el campo tal vez Alemania se volvía con la mochila más cargada.
Pudieron ser tres o cuatro goles si había otro punta con olfato de red. Sobre todo, en los últimos 20 minutos, cuando ya había sido reemplazado Fernando Torres, autor del gol, tan valioso y meritorio como histórico. Ante un pase milimétrico, quirúrgico de Xavi (figura consular del juego), Torres arremetió sediento, le ganó el cuerpo a Lahm, lo desbordó por fuera y metió la punta del botín ante la presurosa salida de Lehmann. Típica acción del goleador de raza, magistral definición del Niño, quien minutos antes había sacudido el palo derecho con un cabezazo.
Si aquellos bajitos fueron la bandera del estilo, Torres resultó el héroe, el brasileño Senna se convirtió en el Makelele español, eficientísimo. Marchena y Puyol el seguro de vida. Y Casillas (el mejor arquero del mundo), el capitán, el depositario de la confianza de un país.
Esta Eurocopa que generó alarma en Sudamérica por la velocidad y la potencia física observadas, se rindió finalmente a los pies de un equipo de fútbol. Todos saben lo que ello significa. El jueves pasado mantuvimos una larga entrevista con Quique Wolf, quien comentó la Eurocopa para ESPN y desmitificó el superfútbol europeo: “Hubo partidos buenos y malos; no hay que asustarse con ese tema de la velocidad, juegan así entre ellos, contra los sudamericanos no pueden porque los nuestros les juegan distinto, tocan, les cambian el ritmo y se les complica”.
Tal cual. Xavi Hernández y sus amigos jugaron a la sudamericana y demostraron la veracidad del teorema de Aragonés, según el cual “España a los rivales los cansa tocando”. Alemania nunca vio la bola y terminó extenuada de correr sin ella. Debería contentarse: le hicieron precio de oferta.
No existe en fútbol táctica más demoledora que el toque. ¿De qué se trata…? Vale refrescarlo: de una sucesión de pases precisos, al ras y con paciencia: hacia atrás, hacia adelante, a los costados, al medio, hasta encontrar el hueco por donde meter el arponazo.
Le preguntaron a Chiche Sosa, un veterano entrenador argentino, qué era jugar bien. “Pasarse la pelota entre compañeros”, dijo. Maradona redondeó la idea: “El fútbol es contagio, cuando un equipo entra a tocar, la toca hasta el más tronco”. Bien ejecutado, ese tictac termina desmoralizando al conjunto rival; no hay peor angustia en el rectángulo que no pescar el esférico. No se puede jugar sin él. Y si el equipo toqueteado es alemán, la ansiedad deviene en furiosa impotencia.
Desde luego no es tan simple decir “jugaré al toque y enloqueceré a mi adversario”. Se necesitan los intérpretes apropiados y un técnico convencido de tal filosofía. España los tuvo. Y definió un estilo.
El pasodoble atronó el cielo de Europa: “La gente canta con ardor: que viva España… La vida tiene otro sabor, ¡y España es la mejor…!”.