Los integrantes del grupo guayaquileño pusieron en escena La disolución… más allá, una propuesta coreográfica de Jorge Parra.
Cuando pensamos en la danza contemporánea de Guayaquil lo hacemos en Sarao, nada gratuito es haberse constituido en el grupo pionero, largos años de labor y un elenco que da cuenta de su oficio. Hoy lo reafirman con La disolución… más allá, obra concebida hace no mucho tiempo y trabajada para estrenarla en este encuentro Fragmentos de Junio, convocado por esta misma agrupación.
Sabido es que en el arte no queda nada por decir, probado también que todo tema es sujeto de creación, que la danza contemporánea, sobre todo, tiene a la abstracción como herramienta clave, por la propia ambivalencia que la constituye. Sin embargo, cuando una propuesta está sustentada en la investigación, tanto a nivel de movimiento, como intelectual, esta abstracción cobra cuerpo y se erige en una materia capaz de ser leída sin problema desde diversos puntos de vista.
Por ello esta aproximación a la puesta en escena de La disolución… es una lectura más a un texto portador, en primera instancia, de un cuadro de seres humanos atrapados en su soledad, fusionados a las cosas, esclavizados por ellas; paradójico anticipo a la incontenible disgregación.
Una fábula que encierra al menos dos niveles de discurso: el primero y más evidente la metamorfosis de la oruga, fascinante organismo que nos sorprende en su transformación a maravilloso insecto de sorprendentes colores; tránsito que en esta propuesta es casi un pretexto para llevar nuestra mirada a esa ruptura profunda de lo humano con su propia esencia, a la deshumanización producida por el exceso de materia, de poder y soledad.
Una historia que transmuta en danza, en interpretación creíble. Un momento primero en donde los solos de los protagonistas, convertidos en personajes fuertes construyen esa atmósfera densa, atravesada a momentos, por una especie de furias que arrastran consigo vientos de oscuros presagios.
En un crescendo de acciones, de estados, hasta llegar a la desnudez, evidenciada no solo en lo físico, sino en la energía de figuras que se mueven en un nebuloso universo que pareciera absorberlos, los intérpretes nos llevan hasta la transformación de sus cuerpos, lograda mediante un recurso de gran eficacia dramática: inmersos en grandes bolsas plásticas de colores van mutando, alterándose,
descomponiéndose, colman el escenario de atractivas imágenes y a la par de intenso significado, todo esto como tránsito a otro estado ¿involución o evolución de nuestra humanidad? Uno de los aciertos de esta coreografía está en el ritmo, en la cadencia de sus danzantes que, con lenguaje depurado y cuidada interpretación, se hacen cargo de la propuesta del coreógrafo –Jorge Parra– y logran captar el tono preciso, como voz que sin excesos advierte nuestra precariedad.
Tres bailarines protagónicos: Michelle Mena, Mario Suárez y Cindy Cantos llevan esta historia, inmersos en personajes sin nombre propio, particulares y universales simultáneamente, complementados con la intervención de esa suerte de erinias mutantes –Wendy Leyton y Nancy León– construyen una danza de buena factura. Una propuesta recién nacida, y como tal, con muchas posibilidades de crecer.