El grupo de danza mantense puso en escena el trabajo coreográfico ‘Esperando, me vi morir de pie’
La danza, aunque en apariencia esté sustentada en el hecho mismo de bailar, demanda como cualquier creación una estructura, un ordenamiento de los componentes en juego para construir una obra o una pieza dancística.
Las artes escénicas, danza y teatro, no solamente deben contar con un texto-guión congruente, sino que por fuerza tienen que traspasarlo a un tiempo y espacio concreto: el escenario, lugar donde dramaturgia y coreografía se fusionan en gesto, en frase, en secuencia, en un entramado de movimientos que responden al delineamiento coreográfico y al tiempo consiguen la verosimilitud que la dramaturgia demanda.
La dramaturgia está absolutamente ligada a la manera de cómo se organizan los signos que en escena deben cobrar sentido, un punto crucial a la hora de entramar ese tejido de signos que devienen de la danza. Todo esto atravesado por una dinámica de ritmos e intensidades de acción.
¿Qué ocurre entonces cuando una pieza arranca con intensidad extrema, cuándo casi no hay tregua para el espectador en el nivel de la acción, así como en el dramático? Irremediablemente se pierde interés o se agota al espectador. Algo de esto ocurre con esta propuesta de Ceibadanza.
Esperando, me vi morir de pie es una pieza que tiene mucha visibilidad, empezando por una escenografía que ocupa no solo el escenario, sino la sala misma, al igual que sus intérpretes, quienes cuando el público entra al teatro, están apostados en las butacas, de modo que los espectadores accedemos a una atmósfera creada.
Hay una decidida intención de involucrar a quienes los miran, tanto que después de la primera escena en donde el personaje central, el del conflicto, se “encachina y se acicala”, los bailarines despiertan de su inmovilidad e interactúan con el público, preámbulo que da paso al arrebato en el que se traduce esta coreografía, cuyo tema principal es la violencia de las relaciones, virulencia que no da tregua y colapsa.
La seducción al espectador flaquea, se vicia, porque el manejo de la fábula está planteado de manera tal que desde el inicio sabemos el final, entonces, no hay camino que recorrer, cuestión que podría resolverse bailando, porque no es un pecado en sí mismo este manejo estructural, el problema está en que no se traduce a danza esa suerte de estancamiento de los personajes; con un agravante, la música, que, si por un lado halaga el oído, por otro se constituye en directriz que lleva a los ejecutantes a ilustrar la lírica de esa serie de hermosos boleros, que en su propio verso contienen ya los más posibles desamores.
Hay un aspecto crucial en la creación y es la atmósfera, conseguida, entre otras cosas, mediante la música, la energía de los intérpretes y por el modo de ocupar el espacio; muy logrado en este espectáculo, diría que es lo que sostiene a la obra, es el ancla que mantiene al espectador sumido en el sórdido universo de violencia que propone esta espera.