Recorrer un plenario acompañado solo por los flashes de las cámaras; hacer una rueda de prensa rodeado de algunos amigos, pero no de sus compañeros de movimiento; quedarse solo en su curul, con un cartel con una cita de Velasco Ibarra sobre el dolor de la amistad rota, refleja esa sensación de soledad que ciertas personas, Alberto Acosta en este caso, se encuentran cuando escogen entre lo que consideran lo mejor para el país y su transformación y no aquello que la mayoría de su entorno postula. Son los momentos de aislamiento en que vínculos hasta entonces considerados sólidos se desvanecen en el aire.
La soledad está relacionada con pérdida de confianza de alguno de los círculos que ha sido referencia para uno. Hay algo que se rompe en amistades que parecía, durarían para siempre. Pero también la soledad política puede ser útil para avanzar, si se deja que el pensamiento se complejice.
Tal vez un ejemplo y una disquisición ayuden a hacer el punto que quiero subrayar. Giussepe Vacca (Nueva Sociedad, 1991), director del Instituto Gramsci, señalaba que hay dos requisitos fundamentales para avanzar políticamente: la soledad política y la autonomía de pensamiento. Citaba el caso del gran pensador marxista italiano que daba nombre a su instituto y señalaba que este solo pudo desarrollar temas fundamentales de su pensamiento: su reconsideración del Estado y el papel de la sociedad civil, la distinción entre Oriente y Occidente y sus consecuencias para una estrategia política basada en el consenso y, más en general, su teoría de la hegemonía, en una coyuntura personal única: la cárcel en la que lo encerró Mussolini. En ese marco, su filosofía política pudo crecer y tomar distancia de aquella predominante en la izquierda de la época, construida en torno a Lenin y su visión de la toma del poder como forma de expandir el socialismo.
Claro está, la cárcel es la forma extrema de soledad política, aquella que utiliza el autoritarismo para aislar a un individuo de sus amigos y compañeros. Por suerte no lo hemos dejado afincar. Pero ella puede provenir también de los aislamientos al que a uno le someten. Avanzar requiere pensar con autonomía y superar el pensamiento lineal, mecánico y pragmático que los sentidos comunes predominantes en cada momento exigen.
Obviamente, el pensamiento de Gramsci, como lo dijo Vacca, hay que ajustarlo para la época en que uno vive. La nuestra es de grandes transformaciones comunicacionales, económicas, de migración y comunidades transnacionales, de movimientos identitarios, de preocupaciones sobre el medio ambiente. Ello se vuelve aun más urgente si consideramos la incapacidad de los estados nacionales de responder a las demandas ciudadanas en el marco de la globalización. (Lo que puede hacer nuestro Estado frente a la crisis alimentaria se circunscribe a dinamizar las capacidades nacionales para fortalecer la producción alimentaria, pero poco puede afectar los movimientos internacionales de precios, que son los que en última instancia generan el problema). Pero enfrentar este reto implica movilizar todas las capacidades nacionales:
productivas, sociales, organizacionales, empresariales. Es decir, actualizar el tema de los consensos y asegurar que estos no sean excluyentes. Ello se vuelve clave para insertarse en la globalización de forma inteligente.
Espero que mi amigo Alberto aproveche este momento de soledad. Sus razones para la ruptura apuntan en la buena dirección.