“Es preferible estar equivocados dentro del partido que tener la razón fuera de él”. Sin necesidad de decirla, con su paso a un lado Alberto Acosta hizo suya la frase con la que se autocondenaron para siempre los viejos líderes de la revolución rusa. El politburó, con el Padrecito Stalin a la cabeza, establecía cuál era la verdad única e inapelable, definía la línea correcta y hasta ahí no más llegaba cualquier opinión medianamente diferente. Las mejores cabezas de ese proceso rodaron –algunas literalmente– porque quisieron defender su razón o incluso solamente porque fueron acusadas de querer hacerlo. La construcción de la Gran Patria estaba por encima de todo y de todos, porque, igual que siempre, nadie era ni es imprescindible. Al fin y al cabo, como lo anticipó el francés Vergniaud, la revolución como Saturno acaba devorando a sus propios hijos.
El apetito revolucionario ha comenzado por desayunarse nada más y nada menos que al presidente de la institución que en las formas tenía el mayor poder entre todos los poderes. No es difícil suponer lo que sucederá, si las cosas siguen así, cuando lleguen las horas del almuerzo y de la cena. Pero no se puede olvidar que, como ha ocurrido siempre en la historia, el hijo devorado también es responsable por lo sucedido. No se paró firme, como correspondía a su puesto, a su trayectoria y a su papel en esta coyuntura.
Conocía perfectamente a quien tenía al frente, pero cedió en Dayuma y dejó que le colocaran un coordinador de contenidos que saltaba desde Carondelet hasta las mesas sin pasar por su oficina. Dejó que transformaran a la Asamblea en un congresillo, un congreso de bolsillo.
Sobre todo, no exigió que a todo nivel se aplicara la receta que él puso en vigencia dentro de la Asamblea, aquella que combinaba partes iguales de tolerancia, pluralismo y respeto a la discrepancia. Para decirlo en una palabra, no exigió democracia en la relación con el Gobierno y con Alianza PAIS. Ya fue tarde cuando quiso implantarla, exigirla y protegerla. Se encontró solo y –más allá de unas lágrimas que apenas expresan solidaridad personal y no política– nadie apoyó su posición que buscaba contar con una Constitución seria y bien elaborada en lugar de un instrumento que asegure votos en el plazo más corto posible.
Siguiendo al jefe máximo, como debe ser, el politburó consideró que había exceso de democracia, y para ello ninguna solución mejor que ponerle un tapón. Nada más adecuado para evitar cualquier derrame democrático que el siempre útil y maleable corcho que puede ser colocado a presión y sacado, con el instrumento adecuado, en el momento que sea necesario.
Un artefacto que además puede flotar y dejarse llevar por la marea, hasta sobrevivir en el mar embravecido. Un corcho que en su versión original, no en la sintética, viene de añosos alcornoques, esos árboles que por su resistencia al tiempo, por su dureza y por su tozudez han servido para perversas metáforas relacionadas con cabezas y entendimientos.