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Edición del DOMINGO 29 de Junio del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Desde Las Encantadas
¿Guías desencantados? Bruma de varias fuentes en Galápagos
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Restos de material piroclástico del volcán Cerro Azul, Galápagos.
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Paula Tagle | nalutagle@yahoo.com

Entre el 25 y 30 de mayo ocurrieron varias cosas en las islas, unas trascendentes, como la erupción del Cerro Azul, otras que competen solamente a gente de los barcos.

Muchos guías naturalistas coincidimos en un curso dictado por la Digmer (‘Manejo de crisis y control de multitudes’). Compañeros que pocas veces nos encontramos en tierra al mismo tiempo tuvimos la oportunidad de ponernos al día. Fue interesante ver cómo fluían temas diversos, que se dispersaban en conceptos distantes para eclipsarse una y otra vez. Hablamos de avistamientos de animales, de la erupción, por supuesto, y cómo no, de las experiencias del mismo curso. Eclépticamente mezclábamos nuestras ideas, pasando de coles a nabos en segundos. Sin embargo, siempre, de alguna forma, logramos seguir el hilo, o los hilos de las variadas pláticas.

La semana se podría resumir en la última tarde, cuando decido sentarme a tomar un cafecito en Hernán Café, y lo que originalmente iba a tomar treinta minutos se convirtió en horas intensas, porque por la esquina de Hernán todo y todos pasan. Es un pequeño balcón al mundo, a nuestro mundo más inmediato: Puerto Ayora en la última semana de mayo.

“La primera noche de erupción flotaba sobre el volcán una densa nube de ceniza, mientras alrededor las estrellas brillaban en un cielo pintado de naranja”, comenta Lucho, en tanto que Moab sugiere: “Hoy comeremos chivita asada, y ojo, que el sabor del chivo no es el mismo que de la chiva. ¿Qué tal una manzanita de postre?”

El sentimental del grupo reflexiona de pronto:

“A las cinco de la tarde me siento solo, muy solo. Entonces salgo a caminar por Puerto Ayora y todo pasa”.

Unos llegan, otros se van, muchos se quedan. Hablando de la vida artística en Galápagos, un amigo pintor se lamenta: “Yo pensaba que sí, que en un pueblo chiquito uno podía hacer la diferencia. Pero han pasado 16 años y nada cambia, ni corren vientos de que vaya a cambiar”.

Los comentarios retornan irremediablemente a la erupción y al curso.

¿Por qué a los residentes en el Ecuador, que no nacieron aquí, pero cuentan con residencia legal y permanente, incluso en Galápagos, se les cobra el doble por un curso de la Digmer? ¿No es esto anticonstitucional? Supuestamente, los residentes gozan de los mismos derechos, pagan los mismos impuestos, nos preguntamos todos.

“Si sigue lloviendo con estos extraños aguaceros de mayo se va a apagar la erupción del Cerro Azul”, dice Vicente.

“Hay un poema de Cortázar, para terminar con una ciudad poco querida. Una flecha transforma en mármol  a la nube cúmulo más grande, que luego se dispersa en lluvia” –piensa en voz alta alguien con claras intenciones de desaparecer pueblos o ciudades–.

La mayoría de los asistentes al curso (el 90%, según revelan las tarjetas de comentarios de las asociaciones de guías) coincidimos en que este se podía haber dictado en dos días como máximo. ¿Por qué hacer perder el tiempo a tanta gente durante seis días con algo que es más bien un recordatorio de lo aprendido en un curso anterior, el OMI? ¿Será para justificar el alto costo del mismo?

La erupción cesó hace un par de días para reanudarse por una fisura más al este, entre Cerro Azul y Sierra Negra; dicen que es una grieta antigua, que la lava corre media milla hacia el sur, mientras salpica hasta cincuenta metros en el aire. “Alquilemos una avioneta para sobrevolar Isabela o una lancha hasta Villamil, de ahí la han visto al atardecer”, propone María Dolores.

El romántico del grupo insiste en sus monólogos existenciales: “Estoy harto de los silencios luego del amor, silencios necios que pueden interpretarse de tantas maneras”. ¿Para qué perder el tiempo? ¿Por qué no lanzarse y confesarlo todo y al diablo con lo que pase luego? Pero callo.

Nosotros sabemos cómo les gusta el café a los unos y a los otros, convivimos con nuestros colegas; conocemos sus pavores en la noche, sus costumbres al despertar, sus manías y bellezas. “Los guías nos conocemos bien“,  dice Gaby refiriéndose al gremio.

Comienza a oscurecer y he perdido la cuenta de los que pasaron agregando su granito de palabras sueltas. En general, hay emoción por el volcán activo e igualmente mucho descontento con este nuevo curso que obligatoriamente, todo personal embarcado, debe tomar hasta septiembre, cuando se avisó formalmente del asunto (a las asociaciones) apenas en mayo. Pacientemente, treinta guías naturalistas de Galápagos hemos asistido a horas interminables. Tímidamente intentamos quejarnos de la falta de contenido y de las injusticias, tales como el alto costo para residentes. Pero nos rendimos pronto. Por eso, cuando quedo solitaria en la esquina de Hernán, reflexiono para mis adentros. Descubro que lo que realmente me duele de este curso es constatar que soy una conformista más. Callo, como hemos callado todos: los compañeros del curso, como callamos los ecuatorianos. Somos cómodos, temerosos, alienados. Yo no he hecho nada porque se respete lo justo, he bajado simplemente la cabeza; soy una sumisa más en el rebaño. Y me pregunto: ¿Será esto a lo que llaman envejecer, perder el alma?

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