- JUN. 29, 2008 - Foto - Cine - EL UNIVERSO
La aceptación creciente de tópicos como el yoga, la medicina alternativa, y la meditación por parte de la audiencia, ha llevado a la industria del cine a instituir un mercado de películas que abarcan ampliamente el nicho del New Age.
Es el caso de El camino a la felicidad, una parábola llena de clichés motivadores, lenta y trillada, inspirada en el best seller autobiográfico de Dan Millman, modestamente titulado Way of the Peaceful Warrior: A Book that Changes Lives.
Confieso no haber leído el popular libro, pero, por su gran acogida, parece haber perdido parte de la magia de sus páginas en esta adaptación a la pantalla grande, dirigida por Víctor Salva (Jeepers Creepers).
Scott Mechlowicz encarna a Dan, un joven y arrogante astro de la gimnasia, que forma parte del equipo de Berkeley, con aspiraciones a la medalla Olímpica. Tras una serie de pesadillas que le producen insomnio, llega a una estación de gasolina donde conoce a su encargado, un hombre misterioso (un poco creíble Nick Nolte), estilo Gurú o Maestro del Zen. Enseguida lo apoda instintivamente Sócrates, porque habla solo con eufemismos (bastante forzados), es capaz de levitar y de lograr hasta lo imposible. Este extraño ser toma bajo su protección a Dan, mostrándole “cómo ser un guerrero”, en medio de un despertar espiritual: simplemente desechando toda la “basura de su mente”, “viviendo el momento” y “apreciando todo lo que le rodea”.
Dan sufre un terrible accidente de moto y se fractura su fémur en 17 partes. Bajo la dolorosa advertencia de que nunca volverá a competir como gimnasta, él contempla el suicidio, pero eventualmente se encuentra de retorno en la gasolinera donde Sócrates le imparte más metáforas.
“El viaje es lo que nos produce la felicidad, no el destino”, le lleva a concluir a Dan, quien considerará “como filosofía de vida esta nueva ideología, donde prevalece la conciencia sobre la inteligencia, la fuerza del espíritu sobre la fuerza del cuerpo.
Esta fábula del triunfo sobre la adversidad puede complacer la psique del director, pero no va a caer bien al espectador poco interesado en volver a ver una versión parecida a The Karate Kid, pero con risibles pretensiones. No es una mala película, pero bien pudo ser contada en tan solo veinte minutos, en los cuales habría que obviamente incluir las bellas rutinas y acrobacias de los gimnastas que aquí vemos a cuentagotas.