Domingo 29 de junio del 2008 Religiosa y Obituarios

La intransferible cruz

En los tiempos de Nuestro Señor, la enseñanza de no era como ahora. Entre otras muchas cosas, porque la mayoría de la gente ni leía ni escribía.

De ordinario los maestros, tomando pie en los cientos de sucesos que la vida presentaba, adoctrinaban a sus auditorios contestando las preguntas, resolviendo las dificultades o sembrando nuevas inquietudes.
Así, de forma viva y natural, muchas veces caminando, las clases se desarrollaban de manera extraordinariamente amable.

Como nadie o casi nadie estaba en condiciones de tomar apuntes, los maestros recurrían con frecuencia a frases cortas y memorizables, a contrastes inusuales, a ejemplos sorprendentes y a trucos o estribillos nemotécnicos. Precisamente hoy el Evangelio nos presenta una muestra de este modo de enseñar.

Solo le transcribiré unas pocas perlas del collar que nos regala San Mateo: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí”.

Solo unas pocas perlas porque quiero que consideremos lo que dice Jesucristo acerca de la cruz que hemos de transportar, la cruz intransferible, si de verdad queremos ser imitadores suyos.

Primero meditemos en que habla de una cruz concreta, personal, hecha a la medida, asignada claramente a cada uno y acompañada de la gracia necesaria para ser llevada. Todo esto, que se expresa con el posesivo “su”, hace que las falsas cruces, las que nos fabricamos para que nos compadezcan, no sirvan para hacernos dignos de Jesús. La única que sirve es la que Dios nos manda para darle gloria, para purificarnos y para que los otros también se purifiquen.

Después consideremos que esa cruz –la mía, la de usted o la del otro– ha de ser llevada “voluntariamente”. Porque no se trata de cargarla protestando o de llevarla porque ya no queda de otra. No basta, desde luego, la resignación. Porque aguantar el peso de la cruz como si llevarla fuera una desgracia, no es amar la cruz. 

Y por último, consideremos que la propia cruz hay que llevarla colocando nuestros pies donde pisó Jesús. Es decir: con un amor que venza las protestas naturales de nuestra condición humana y que nos lleve a coronar nuestro vía crucis personal, aunque se nos desplome el cuerpo.
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